lunes, 22 de junio de 2015

Gotty






De repente mis pupilas se dilataron. No estaba el todo seguro si era terror o placer por lo que veía, pero lo cierto fue que no podía dejar de observar la escena desatada frente a mí. “¡¿Por qué carajos estoy acá?!”, pensé con desesperación y mi respiración se entrecortó. Un mareo. Un crujido. Ella clavó sus ojos en mí y supe que era el final. 

La casa de los Rotemberg era magnífica. Se trataba de una mansión de cinco pisos, con pileta olímpica y un parque de ensueño. O al menos eso me habían dicho las benditas malas lenguas. Una vez la fui a visitar, solo para sacarme la duda. Necesitaba saber si era cierto o no lo que había escuchado aquella noche entre copas. Luego de semanas de pensar, de imaginar con qué me encontraría, lo decidí y me encaminé hasta el lugar. Estaba escondido como todo lo bueno. Se encontraba en medio de un bosque y tardé más de una hora a pie en llegar. Era invierno y hacía mucho frío, pero la luna estaba omnipresente, clara y llena. La iluminación natural y el silencio reinante, le daban cierto aire majestuoso y macabro a la vez. Fue extraño lo que me provocó, aunque sí puedo jurar que me llevó a este destino que hoy vivo, sin remedio, pero buscado por supuesto. 

Esa noche, ahí parado entre los árboles, supe que en su seno se encerraban grandes riquezas. Se rumoreaba que de las paredes colgaban magníficos cuadros y que dentro de un alhajero de oro, había una estupenda joya: el diamante Gott. Le habían puesto ese nombre por la joven esposa del señor Rotemberg a la que él le llamaba cariñosamente Gotty. 

Gotty era de origen humilde, aunque desconocido. Las mismas malas lenguas que me habían contado de la mansión, decían que ella era una belleza rusa, secuestrada y vendida a su esposo, coleccionista de bellas mujeres. Mientras pensaba en ella, volé a las heladas tierras del norte europeo y la imaginé en su tranquila vida. Imaginé que era feliz junto a su familia hasta que unos rufianes, mandados por su actual marido, se la llevaron y la alejaron de todo lo bueno y puro. Triste como mínimo. Y lo peor era que ella no había sido la única en la vida de Don Rotemberg. 

Antes de Gotty estuvo Ariadna, Celina, Carmín y Sonya. Todas extranjeras. Todas blancas y delgadas. Y todas fueron desapareciendo del pueblo. Algunos decían que le habían logrado escapar, otros que la suerte no había sido tal. Pero Gotty, ella era diferente. Ella hacía ya cinco años que vivía ahí y soportaba. Él era un hombre obeso y malhumorado por sobre todas las cosas. Medía cerca de un metro noventa, pero apenas si se movía. Las malas lenguas también decían que sus mujeres le hacían el amor mientras él reposaba entre almohadones en el piso del living y que él casi no podía gemir.
“Espantoso”, pensé. Esa mañana, luego de pensar toda la noche en las riquezas que me esperaban allí dentro, diseñé el atraco. Y mientras ideaba el plan, pensaba no sólo en mi recompensa. Pensaba en ella. ¿Qué haría semejante mujer en ese lugar? Porque si Gotty fuese mi esposa la adoraría, porque ella era hermosísima. Era delgada, pero con gracia, como las modelos europeas. Sus ojos eran dos gotas de agua y sus labios dos pétalos de rosa. Rojos y aterciopelados. 

“¿Por qué sigue con él?”, me dije una vez que la crucé en la calle principal del pueblo. Ella iba en uno de los tantos coches de la familia. Gotty no manejaba. Creo que ni siquiera hablaba bien el idioma, aunque recuerdo que esa vez obligó a su chofer a que se detuviese ni bien me vio. Me observó de arriba abajo y me sonrió con una dulzura exótica, casi sensual. Me sentí halagado en una forma tonta e infantil. Y esa sensación me aturdió bastante. En ese estado me encontraba cuando ella sacó su mano, portadora del magnífico diamante, y me la extendió. No sé qué miré primero. Pero tanto su mano blanca como la nieve, como ese diamante enorme rematando su dedo anular, competían en belleza. Ella entonces, me clavó los ojos como ahora lo hacía en el living de su mansión. 

“¿Y si me voy?”, pensé. “No. Ya me vio, ahora tengo que esperar…”

Esa mañana lo decidí. Entraría por la noche y robaría el diamante. Lo vendería y luego, ya con mucho dinero en mis bolsillos, le ofrecería a Gotty una mejor vida. Ella seguro accedería porque su vida era de por sí terrible. Si ella me lo pedía nos iríamos a Europa, a su país o al que quisiese. Formaríamos una familia luego de unos cuantos años de viajar  y de divertirnos a lo grande. Ese diamante valía millones y el riesgo era aceptable. ¿Qué me podría pasar? Nada según mis planes. 

Cuando llegó la hora, me escabullí por entre los árboles del frente. Esperé a que las luces estuviesen apagadas y con una ganzúa me hice de una de las puertas de servicio. Entré con suma facilidad. Demasiada a la luz de los hechos. Y caminé sobre el mármol lujoso de la casa. Era más imponente de lo que imaginaba. Los cuadros y esculturas eran grandiosos. Pero yo sólo buscaba el diamante. Supuse que estaría en la habitación de Gotty, pero ¿cuál sería?

Caminé en círculos durante unos minutos y me regañé por no haber pensado en este dilema antes. Sin embargo, mis pensamientos se vieron interrumpidos por ruidos que venían de la escalera. Miré a mí alrededor y noté la puerta del ropero entreabierta y allí me metí. Dejé la puerta entornada y observé el cuadro que se iba desarrollando en el living. El mayordomo, un esbelto y bronceado joven, apareció de pronto y junto a varias mucamas, esparcieron por el piso muchos almohadones. “¡Era verdad!”, pensé con asco. Entonces, el obeso hombre de casa, sin una prenda, con su humanidad desagradable a la vista de todos se recostó con gran dificultad. 

Luego de aquella preparación, todo el personal se retiró y las luces se bajaron a una intensidad leve, casi de penumbra. Un perfume me invadió de pronto y una deidad descendió por las escaleras. Era ella, con un salto de cama transparente. Su cuerpo era escultural, blanco como aquella mano de la que me había enamorado. Y su rostro; lujurioso. ¿Sería que ella era parte de ese ritual? Me sentí celoso y asqueado. Pero no pude parar de mirar lo que ella hacía. 

Se movía como un animal en celo. Con sensual movimiento trepó al obeso hombre, tocó su piel y meneó su cintura sobre él. El gordo y feo hombre gritaba de placer y resoplaba como un toro, mientras yo sentía un calor subir por mi cuerpo.  Tuve que frenarme más de una vez porque la deseaba tanto que hubiese salido de allí solo para poseerla. No me hubiese importado nada. Pero no podía. Debía seguir el plan. Ella continuó con su danza erótica sobre su hombre hasta que al parecer con resoplido, él acabó y quedó tendido seminconsciente. Ella se levantó, se colocó el salto de cama y se dirigió hasta una mesa a unos pasos de la improvisada cama. Seguí cada uno de sus movimientos al son del ronquido de aquel hombre. Por un breve instante ella se quedó parada dándome la espalda.
Sentí la agonía de la espera. Debía salir de ahí, buscar el diamante e irme de esa casa. Pero todo se demoraba más de la cuenta y no podía quitarme de la cabeza la visión de mi futura mujer sobre ese hombre fingiendo un orgasmo inexistente. Me imaginé que el que estaba entre esas almohadas era yo y que ese baile exótico lo hacía sobre mí. El calor subió otra vez y me debatí en salir y tomarla por la espalda. Acariciar su cuello, buscar su boca, besarla. Tocar esa piel maravillosa. Hacerla mía.

Pero entonces ella se dio vuelta y un destello proveniente de su mano me sacó del ensueño en el que me había sumido. Se dirigió con calma hasta los almohadones, se posó nuevamente sobre él y sin más clavó el puñal una y otra vez en el obeso hombre, que jamás se la vio venir. La sangre salpicó para todos lados.

Sentí ganas de vomitar pero me contuve. Pude sentir el olor de la sangre fresca mezclado con las heces provenientes de los intestinos perforados. Miré a mi deidad y parecía un demonio ensangrentado con cara de ángel, uno rebelde y desobediente. La amé aún más, aunque también le temí porque ella sería capaz de cualquier cosa… Un mareo se apoderó de mi cabeza y tuve que agarrarme de la puerta que se movió. Por desgracia rechinó y ella de inmediato, como un animal que ubica a su presa clavó sus ojos en mí.

¿Y qué pasó?

Ella caminó como una loba hasta donde me encontraba. Su cuerpo escultural y desnudo, manchado de la sangre de su difunto esposo me deslumbró. Era una amazona que volvía de su batalla. Mi corazón explotó solo por la anticipación. ¿Me mataría? ¿Me amaría? ¡No! Ella se limpió las manos a solo centímetros de mí y pude sentir su aroma. Rozó con sus labios los míos y tomó mi mano que se dejó conducir dócilmente a donde ella la guió. Se colocó de espaldas de mí, y condujo mi mano y mi brazo alrededor de su cuello. Me entregó el cuchillo y pegó un alarido de puta madre.

Y acá estoy. Tras rejas luego de haber sido inculpado por el asesinato del señor Rotemberg y el intento de asesinato de su bella esposa Gotty. El juicio fue rápido, enseguida me encontraron culpable y no hubo forma de que alguien creyese mi versión. Hoy que lo pienso, a veces imagino que el cuchillo estaba en mi mano y que luego de asesinar a aquel hombre ella se entregó a mí, a mi carne sedienta. Pero lo cierto fue que Gotty heredó los millones, el diamante y al joven mayordomo.

De tanto en tanto me viene a visitar, solo para demostrarme que ella es indomable y que ningún ser humano en la tierra la poseerá… si es que ella no lo desea. Y aún sigo esperando en convertirme en el objeto de su deseo…

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2015

sábado, 13 de junio de 2015

Fue asesinato






Señor, usted no puede estar aquí.
¿Por qué no?
Sabe muy bien la razón. No puede y punto. Retírese…
Pero no puedo irme así nomás. Además no tengo a dónde ir.
Si tiene, y en todo caso, no es nuestro problema señor.
Si lo es porque…
¿Porque qué?
Porque están equivocados. Todo esto es un error… uno muy grave. Yo tengo que estar acá.
Mire…
¡Por favor! Necesito explicar.
Váyase en este momento si no me veré en la obligación de llamar a…
¿A quién? Traiga a quien quiera. Ustedes están equivocados. Fue un asesinato…
No lo fue.
¡Si! fue un asesinato en primer grado y con agravantes… yo la amaba.
¿Qué pasa acá? ¿Qué es todo este barullo en la entrada?
El señor dice que estamos equivocados. Pero no es así, Señor. Jamás nos equivocamos en estas cosas.
¡Es como les digo! Sin tan solo me dejasen explicar lo que sé…
Le digo que jamás…
Creo que podemos hacer eso, ¿no Miguel? No pongas esa cara. Aquí no se valen las caras largas. Pase señor…
Enrique, pero me dicen Quique.
Pase Quique…. Pase y cuéntenos porqué cree usted que esto fue un asesinato.
Disculpe… no quise armar lío…
No lo hace. Miguel es estricto, algo fatalista, pero en el fondo es bueno.
Si, imagino. ¿Le cuento? Yo la conocí hace unos seis meses…
¿A quién?
A Mónica. Ella trabajaba en una librería. Amo las librerías y yo estaba convencido de que quienes allí trabajaban, también tenían ese sentimiento.
¡Ah! ¿No es así?
No. Mónica detestaba su trabajo, pero eso lo descubrí tiempo después. La primera vez que la vi fue a través del vidrio. Ella tenía una de esas bellezas raras. Su rostro era blanco, mucho y sus ojos oscuros. También mucho…
Y esto ¿viene al caso?
Miguel, paciencia. ¿Qué apuro tenés? Continuá por favor…
Gracias. Como les decía, ella era de una hermosura particular. Al verla entré a la librería como si fuese prisionero de un hechizo. Es más, nunca había estado en esa parte de la ciudad. Era la parte vieja, como le decíamos. Yo soy más de lo moderno. No me gusta lo antiguo… en fin. Esa tarde decidí salir a caminar y de repente, como si el destino me hubiese guiado, llegué a la librería. Entré solo para observarla mejor.
“¿Qué desea?” me dijo seca, tosca. Por un segundo eso disipó mi embelesamiento. No concordaba esa voz, ese tono, con su belleza. Me persuadí de que quizás estaría cansada de que la admiren, no sé. Ahora pienso que eso es tonto…
No lo es. 
No ¿cierto? Bueno, como me vi sacudido de mi ensoñación tartamudee un poco. Lo hago cuando estoy nervioso. Se me traban las palabras y por más esfuerzo que haga, lo trabado sigue e incluso empeora. Bueno, me trabé más y más y me puse colorado. Pensé que se burlaría de mí o que me echaría del local. A cambio al notar eso, ella cambió el tono y me dijo con cierto cariño o dulzura, tal vez: “¿Que estás buscando?”
Creí desfallecer. Esa dulzura era más acorde a su rostro, a lo que yo imaginaba que una belleza así podría ser.
¿A lo que usted imaginaba?
Si. Yo imagino muchas cosas. Estoy acostumbrado a crear mundos porque leo mucho. Amo leer por sobre cualquier cosa. Bueno eso era antes de conocer a Mónica. Luego ella fue mi más profunda pasión. Pero le sigo contando. Cuando veo a alguien me imagino que dirá o cómo reaccionará ante tal o cual cosa. Imagino cómo es su casa, su trabajo, sus gustos. Si tiene o no alguien que lo ame. Si tiene amigos, hijos. Imagino mucho. Podría decirse que le invento mundos a las personas. A veces pasa que la realidad coincide con ese pensamiento.
¿Y si no?
Por eso estamos acá.
Continúe, por favor.
Esa tarde compré varios libros, no porque me gustaran sino porque de esa manera prolongué el tiempo a su lado. Le pregunté esto y aquello, le pedí consejo acerca de tal o cual autor. Ella que se había conmovido, fue dulce y paciente. Luego de hora y media de observarla y escucharla, me fui a casa. Me fui con su mirada, con su aroma fresco a jazmines, con su cabello teñido de varios colores.
Pero llegué y noté lo obvio: la soledad. Fue una sensación terrible que enseguida me rodeó. Nunca la había sentido de esa forma. Era un peso, una carga.
La soledad es dura cuando no se elige como forma de vida…
Si y me di cuenta de eso aquella noche luego de conocer a Mónica. Y lo peor fue que soñé con ella, con su rostro, con sus manos. La soñé a mi lado. Hablándome con esa dulzura, con cariño y con entrega. Y era maravilloso. Más que imaginar.
A la tarde siguiente fui a la librería a verla…
Señor, la fila de los que esperan se está haciendo muy larga…
Pueden esperar. Esperaron toda la vida, un rato más no les va a hacer daño Miguel.
Pero…
Seamos respetuosos de Quique. El cree que fue asesinato y creo que es una visión interesante. Además en cuanto diga las palabras…
¿Qué palabras? ¿Qué tengo que decir? ¿Qué va a pasar?
Tranquilo Quique, continuá con el relato. Pasará lo que tenga que pasar
No me gustan esas palabras… palabras. Son poderosas las palabras. Tiene grandes o diminutos significados. Todo depende de cómo las coloquemos, el orden…  soy una persona temerosa. Fíjense lo que me pasó. Ustedes no creen que haya sido asesinato…
Te estamos escuchando… no te disperses Quique. No te preocupes por lo que vaya a pasar.
Bueno. Verán: cuando llegué a la librería, al día siguiente, ella no estaba. Sentí que mi corazón se hacía chiquito, diminuto y desaparecía. En su lugar, una señora de lentes raros, y algo mayor estaba en su lugar. Cuando me vio entrar titubeante, me pregunto “Que necesita señor”. Era tosca, pero acorde a cómo se veía. Para nada me decepcionó o me provocó algo. Pero tartamudeé igual porque pensé en Mónica. Cada vez que pensaba en ella mi corazón se hacía gigante y mis palabras se trababan porque querían salir todas juntas. Es extraño que ahora no suceda….
Continuá por favor.
Le expliqué que necesitaba hablar con la señorita que había estado la tarde anterior. La mujer me dijo que Mónica iba los lunes y los viernes. Que era una sustituta para ella ya que esos días iba al doctor o algo así. Era martes, asique fue horroroso pensar que no la vería hasta el mismísimo viernes. Le pregunté la dirección de Mónica y por supuesto ella se negó a dármela. Tartamudeé una vez más y ella, enternecida o cansada de mi presencia, me dijo que Mónica también trabajaba por horas en un café en el centro. Al instante me alegré. Tanto que besé a la mujer y me fui directo a la cafetería.
¿Y la encontraste en la cafetería?
Caminé, corrí hasta el lugar. Era una moderna cafetería, muy iluminada y llena de gente. Al llegar mi corazón dio un vuelco. Comenzó a latir fuerte, sentí que mis piernas temblaban y mis manos también. Creí estar enfermo…
Pero no lo estabas…
No. Entendí que eso era el amor. La expectativa de verla hacía que mi cuerpo se desencajase y a la vez tenía terror de que no es tuviese o que me rechazase. ¿Qué le iba a decir? “Hola. Te conocí ayer y me enamoré profundamente de vos”, era una locura. Mientras deliberaba comenzó a llover. Una terrible tormenta se desató y era tan enorme como la que tenía en mi cabeza. De repente llovía a cántaros y yo petrificado en la vereda, observaba para adentro sin poder decidir o hacer nada.
¿Y qué hiciste?
Lo que cualquiera hubiera hecho… luego de largo rato y mucha lluvia me fui a casa. Me convencí de que era una locura. De que eso no podía ser verdad y si lo era, no era un sentimiento compartido. Ella jamás se podría enamorar de mí.
Yo no hubiera reaccionado…
Miguel, por favor. Estamos tratando de entender que pasó. Estamos debatiendo el futuro de Quique….
Perdón Señor.
No, no. Miguel tiene razón. Si tal vez me hubiese animado, las cosas serían diferentes.
Continuá, por favor.
Por aquella lluvia me pesqué una neumonía. Estuve una semana encerrado, delirando por la fiebre. Apenas comí en esos días. Y lo peor del caso fue que en cada delirio estaba ella. La pensé con sus enormes y oscuros ojos cuidándome. Secando mi sudor por la fiebre. Dándome el caldo que curó mis penas. Estuvo allí arropándome, dándome la medicina. La vi con un hermoso vestido azul y zapatos de rojos de tacón. Con su cabello de colores recogido en un rodete y con su pircing en la nariz destellante. Sus manos me acariciaban el pelo y sus labios besaban los míos. Y yo no quería despertar. Tal vez si hubiese muerto allí mismo todo esto no hubiese sido necesario…
No lo veas de esa manera…
Una mañana en la que la fiebre finalmente cedió, sentí la puerta abrirse, y ella luego de darme una última y dulce mirada, se fue. Durante días y ya recuperado, pensé en mis delirios y en esa última imagen. ¿Habían sido reales? Podría jurar que sí. Aunque me persuadía de lo contrario porque si no debería declararme loco.
Pero las imágenes volvían y cada noche me acunaba en ellas, en esa joven y dulce Mónica que había cuidado de mí. Entonces imaginé su casa, sus formas. La imaginé anhelando verme otra vez, tanto como yo lo deseaba. Imaginé el reencuentro. Iría a la cafetería y ella al verme, saldría de atrás del mostrador corriendo con su vestido azul y sus zapatos elegantes y me besaría dulcemente porque me estaría esperando.
Y ¿qué pasó?
Durante varios días me acuné en esos pensamientos y supe que así sería. Ella me esperaba con la misma ansiedad que yo. Y nos casamos y fuimos felices. Formamos nuestra familia y todo fue perfecto…
¿En seis meses? No entiendo Señor que es lo que este hombre dice…
Dejalo que continúe Miguel.
Entonces dos o tres semanas después de nuestra primera cita, fui hasta la librería con flores y un anillo. La esperé a que cerrase el local y cuando estuvo afuera, ella… me miró sin conocerme… y
¿Y qué?
Usó esas palabras desagradables otra vez… y lo peor de todo fue que en el mismísimo instante en que abrí mi boca para hablar, en una moto, apareció su novio. Ella se fue sin dejarme decir nada.
Y luego te suicidaste Quique y por eso no podés estar acá. No pertenecés a este lugar…
Pero ¿no lo ven? Ella fue la que me mató. Ella lo hizo en ese momento en que no se ajustó a nuestro recuerdo. Lo hizo porque destrozó mi corazón. Para cuando yo puse la bala en mi pecho, mi corazón ya estaba muerto. Solo eliminé la carne que es la carcasa… ella me asesinó antes. Me mató de indiferencia y de desamor. El resto, es carne pudriéndose…
Señor, creo que él debe estar aquí. Al final puede que haya sido un asesinato…
Yo también lo creo, Miguel. Yo también lo creo… Bienvenido Quique…

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2015

sábado, 6 de junio de 2015

Perdida






La niebla me envuelve, nubla mis sentidos. ¿Dónde estoy? ¿Qué es esto? No veo nada. Avanzá, no te quedes quieta. ¿A dónde? ¿A dónde voy? ¿Y si me encuentro…? Caminá, no te quedes que puede ser peor. ¿Peor que qué? 

Camino. Hay barro y hace frio. Mis pies se hunden y mi cuerpo se desestabiliza. Me caigo y mis manos y mi cuerpo se embarran. Parezco desnuda pero todo es gris. Aun mis manos que están ahí pero que parecen ajenas. Escucho un ruido ¿Quién está ahí? No hablo. Silencio. Demasiado. No sé qué me pasa, no sé qué pasó. ¿Por qué me sucede esto? Quiero recordar. ¿Qué fue lo último? No lo sé… lloro. Tiemblo. Siento una brisa helada que se cuela entre mis huesos y entre mis pensamientos. Mi cuerpo se convulsiona, tiene movimientos propios como si fuese una marioneta. Otra vez el frio. Algo helado recorre mi cuerpo, mis venas. ¡Volvé! ¿A dónde? Quiero despertar ¿es un sueño? ¿Y si no lo es? ¿Y si esta es la realidad? Es horrible.

Continúo caminando sin rumbo, sin sentido alguno. Mi cuerpo lentamente responde, se desentumece. Me veo y ahora tengo una túnica clara, andrajosa. Apareció de la nada como la niebla y el barro. Sigo. Miro el horizonte indistinguible del resto, de la maldita bruma. Hay algo frente a mí pero no alcanzo a verlo. No lo distingo. La niebla es muy espesa aun. Un destello, quizás una luz. Camino más. Apuro el paso pero me duelen las piernas que también son grises y ajenas. Un rayo parte el cielo, sin embargo no hay trueno. Se ilumina todo pero el silencio solo se interrumpe por mis pensamientos y esta voz. Dale, seguí. Quiero llegar pero ¿a dónde?

Miro la luz. ¿Será mi salvación? Lo es, continuá. No te detengas, no pienses tanto. Volvé. ¿Quién sos? No importa. Movete porque si no…  ¿Qué me va a pasar si me quedo quieta? Vos lo sabés muy bien. No, no lo sé. Sos inteligente, lo sabés.  ¿Soy inteligente? ¿Vos me conocés? No importa… no gastes energías en eso. Después… ¿Después qué? Después vas a entender. 

Necesito saber, necesito entender qué pasa ahora. No es posible. Ahí está la luz otra vez. ¿Por qué no puedo recordar? ¿Qué querés recordar? ¿Porque es tan importante que recuerdes? Haceme caso y seguí caminando. Hace frío. Mis pies están entumecidos, me duelen. Algo me pincha en los brazos. Miles de agujas se clavan en mi carne pero no hay sangre y todo sigue gris. Sin embargo la luz es maravillosa. Seguila. Ahora tiene un poco de color, es amarilla. Es tenue, débil pero presente. Me emociona el color. Es hermoso. ¿Debería seguir hasta la luz? Seguí. Es importante que lo hagas. ¿Lo es? Avanzá, no te detengas más. Miro atrás. Es negro, es abismo, es terror puro. ¿De ahí vengo? ¿De la oscuridad? No entiendo… No mires atrás, no lo tenés que entender. ¿Vos me ayudaste a salir del abismo? No. Lo hiciste sola. ¿Seguro? Solo te indiqué el camino, nada más. Me ayudaste, lo sé. Gracias. No me agradezcas, seguí caminando. 

Mis piernas se entierran en el barro. Es pegajoso y tiene un horrible olor. Llega hasta mis rodillas. Trepa. Tiene vida propia ¿Qué esto, por favor? Me desespero. Mi corazón… silencio. Estoy cansada, mucho. Continuá. El barro me atrapa. Ahora llega a mi cintura. Ya estuve acá. No lo hagas, no te detengas. No puedo. El barro me hunde, me lleva otra vez al abismo. Se apodera de mi carne gris y me arrastra.
Ya no puedo. 

La luz se hace más débil. Se aleja. La niebla es más espesa y se torna negra. El barro pegajoso me llega hasta el pecho. No desistas, podés lograrlo. Estoy cansada. Los pinchazos me duelen, la carne me duele toda. El barro no me deja mover. ¡No te rindas, por favor! Soy una cobarde. Siempre lo fui. Por eso quizás la oscuridad me envolvió una vez. Por eso la luz se aleja. No me dejes solo otra vez. ¿Otra vez? ¿Cuántas leyes rompiste para ayudarme a ver esa pálida luz? Muchas. Pero lo merecés. Eso y más. No, no merezco nada bueno. Pertenezco a la oscuridad. Siempre lo supe. No desistas, no me abandones. Lo siento. Es más fuerte que yo. No puedo. La luz trae dolor, uno que no es de la carne. Un dolor anidado y viejo.

Hablame del dolor. No puedo, no quiero. Me invade, me hace suyo. Es preferible la oscuridad. No, no te vayas. Contame, por favor. Duele mucho. Me invade el pecho. Lo perdí. ¡Lo perdí! Sí, ambos lo perdimos. Él era… suave. Su perfume era como el caramelo. Era tan… Decilo, era pequeño e indefenso. Y se fue. No me obligues a recordar. ¡Él se fue! No quiero, no lo digas. Prefiero la oscuridad. No me dejes solo. Ya no podría soportarlo. Me duele mucho. Ándate, dejame. No me rescates más. Otro rayo aparece sin trueno. Silencio. Mucha oscuridad, demasiada. La niebla ya es negra, el lodo me tragó completa. Silencio del alma. Silencio del pensamiento. Mi carne se desintegra. La luz desaparece. Silencio de él. Pero sé que jamás se dará por vencido y volverá a rescatarme. Cuando yo haya olvidado, cuando las drogas me hayan hundido lo suficiente, él volverá y lo intentará y yo recordaré y resistiré y querré morir una y mil veces más. 

Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2015

El ataúd milagroso

La portezuela de la verja estaba abierta, se dirigió hacia la escalera, y el otro le siguió. Le pareció que por las habitacio...