jueves, 29 de enero de 2015

Un pasado para olvidar - Parte 2







-¡Vamos muchacho! ¡Tenés que reaccionar!

El Sr. Torreldai sacudía a Franco por los hombros intentando volverlo a la consciencia. Estaba preocupado, ya que lo vio caer redondo, sin explicación o motivo alguno y temía que el golpe en la cabeza hubiera sido fatal. La gente se había agolpado luego de ver el desplome y no se retirarían hasta verlo recobrar el sentido, por lo que el pobre Sr. Torreldai se ponía cada vez más ansioso.

A los cinco o seis minutos de llamarlo y sacudirlo, Franco comenzó a volver en si mismo. Abrió sus ojos, miró a su alrededor desesperado y notó como todos lo miraban fijamente, con intriga. Buscó el cielo y lo notó de un azul intenso. No había signos de tormenta o rayos en el lugar.

“¿Que fue lo que pasó?”, pensó algo turbado.

Se paró con ayuda y se excusó con que no había almorzado y que, debido a eso, era muy probable que su azúcar en sangre había bajado, y todos quedaron contentos con la explicación. Por supuesto el sabía que nada de eso era verdad. Pero por el momento no tenía otra explicación. Una vez en pie, intentó volver a la casa, pero el Sr. Torreldai, que le creía a medias la escueta explicación, lo frenó:

-Querido, no vas a ir solo por ahí- le hizo señas a alguien y le dijo- Maura, hija, acompañá al Sr. Díaz a su casa y fijate que llegue bien

Subieron a la camioneta y partieron en silencio. No hubo palabra entre ambos hasta que llegaron a destino. Se escuchaba sólo el motor de la vieja Ford reformada (seguramente por su padre) y cada tanto algún ladrido de los perros de las residencias vecinas. Llegaron a la casa y Maura que lo había estado observando de tanto en tanto le preguntó:
-¿Vas a estar bien?
-No…pero voy a mejorar- fue honesto Franco.

La miró, tomando una pausa para bajar la velocidad de sus pensamientos y le dijo:
-¿Te gustaría tomar un café conmigo, así levanto mi azúcar?- le sonrió.

La expresión de Franco fue tan dulce y expresaba tanta soledad que conmovió a Maura y ella no pudo más que aceptar. Tomaron café y hablaron tanto de trivialidades como de cosas profundas, pero no tacaron el tema del incidente y no lo harían por algún tiempo.

Los meses pasaron. La amistad se acrecentó, tanto que hablaban casi todos los días y se veían muy a menudo. El incidente había quedado en el recuerdo y Franco no quiso indagar en aguas turbias por lo que su (in)consciente quedó tranquilo. Sin embargo esa tranquilidad no duraría mucho.

-¡Hola Maura!- dijo por teléfono Franco – ¿querés tomar unas cervezas esta tarde en casa?
Franco notó que cuando pasaban varios días sin ver a Maura, extrañaba su presencia, su charla, sus consejos. Se sentía, al parecer, preparado para avanzar en su relación de amigos a algo más. Y planeaba decirle esto al atardecer a la orilla del lago, cervezas mediante.
- ¡Bueno! ¿Nos vemos a eso de las 7?
La voz tomó un tono de alegría y de excitación que eran provocadas por la posibilidad de que las cosas le salieran bien.

La tarde apareció y también Maura vistiendo una camisa suelta y unos shorts. Caminaron y charlaron largo rato por la orilla del lago, viendo el hermoso atardecer. Cada minuto tenía ciento veinte segundos para ambos y los disfrutaban al máximo. De repente y sin pensarlo sus manos y labios se encontraron y así se selló ese algo más que amistad. Se sentaron en las reposeras de madera que Franco especialmente había comprado para pasar las tardes con Maura y mojaron sus bocas con cerveza helada. Ella que tenía un especial brillo en sus ojos, le preguntó:
-Realmente Franco, ¿que pasó esa tarde en la que nos conocimos?
Se notaba que ella había guardado la pregunta durante todo este tiempo y ahora se sentía tal vez autorizada y con la libertad suficiente de hacerla. El la miró y desde el corazón le contestó:
-No se Maura, realmente no lo sé. Escuché esa frase que involucraba la muerte de un perro, algo así como de ultratumba y me desplomé.

Era claro que omitía el asunto del destello en la casa, en el colgante y el rayo cayéndole en la cabeza. Pero aún no se atrevía a decir toda la verdad, una verdad que no entendía. Y para colmo de males no tenía muy claro que había sucedido con el colgente, ya que en el revuelo de gente, lo había perdido de vista. ¿Existiría realmente?Había llegado a dudar...

-¿Que frase? ¿La de la promoción de la obra de teatro comunal?-  ella lo miró extrañada.

Franco desvió la mirada confundido. Hizo una sonrisa como cada vez que algo no cuadraba y la miró. Su mirada expresaba la necesidad de no hablar más del tema y ella lo entendió a la perfección. Él se acercó y le acarició el rostro en agradecimiento. Sus manos tocaron las mejillas encendidas de ella; luego continuaron con sus labios y posteriormente se dirigieron al cuello. Aunque allí se topó con algo más: otra vez el destello aparecía de la nada haciéndolo dudar de la realidad. Lo miró sin poder creerlo y se alejó de Maura casi por instinto. Ella le devolvió una mirada de sorpresa, sin entender:
-El colgante… ese es el colgante que encontré en la feria… Maura ¿cómo...?  

 Continuará...

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2013

martes, 27 de enero de 2015

Un pasado para olvidar - Parte 1







Nunca terminó de entender como había dejado atrás toda su vida. Sin embargo allí estaba, montado en su auto, manejando plácidamente hacia un pueblo totalmente desconocido para él. La mayoría de sus cosas (prolijamente ubicadas en cajas) estaban ya en camino, en el camión de la mudanza que un par de semanas atrás había contratado. Así que solo llevaba consigo una laptop, un cactus y su mp4.

Dejó atrás la ciudad que lo vio crecer. Una ciudad populosa, apurada, hasta violenta en muchos aspectos. Gris para su manera de ver las cosas. Repentinamente (y casi como un cachetazo del destino) se había dado cuenta de que esa vida no era para él. No era lo que necesitaba en su existencia. Y así fue. Rescindió el contrato que tenía por su departamento, tomó sus ahorros, su auto, las cosas más significantes de su historia y buscó un pueblo, uno que tuviera una cantidad razonable de habitantes. Y como “razonable” se refería a que el número de personas fuese suficiente como para que, además del motivo de su llegada, hubiese algún otro tema de conversación.

Ya había hecho una cantidad considerable de kilómetros y aun le faltaba al menos la mitad del recorrido, pero se sentía positivo y animado. El cambio le vendría bien por lo que el viaje se tornó armonioso y hasta ameno. Y así fue, los kilómetros se le pasaron rápidamente, entre las canciones de su estéreo y los mates mechados con tazas de café. Y prácticamente sin notarlo, en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, el paisaje se transformó. Paso de la monótona, amarillenta y casi desértica llanura, conocida durante todo el viaje, a un shockeante juego de matices. En esta nueva imagen, se alzaban árboles a ambos lados del camino, con flores de cientos de colores y formas. El paisaje se imponía de tal manera que en ese instante y en forma automática, aminoró la marcha para apreciarlo en detalle.
"Un lugar así", pensó "es la paz materializada, es todo lo que necesito". Y continuó su viaje adentrándose en el pequeño lugar.

Un cartel de bienvenida se encontraba junto a la modesta oficina de turismo, donde con un verde esperanzador, decía: "Bienvenidos a Huetel. Población total 784". "¡...785!", pensó alegremente y se dirigió hacia donde los comercios se agolpaban uno junto a otro, en la calle principal. Ubicó un almacén de ramos generales y estacionó, "¡sin dificultades y sin bocinazos!”. En ese instante, su mente recordó los embotellamientos de la ciudad y nuevamente confirmó su decisión, buena decisión. Entró al único local con aspecto de almacén que se veía en el pequeño centro comercial y una vez allí observó todo cuanto estaba a su alrededor. En el local se vendían desde cigarrillos hasta motosierras, y una gran variedad de herramientas así como también todo tipo de alimentos y de insumos para el hogar.
Miró hacia la caja y se dirigió a hablar con el encargado. Allí se encontraba un hombre robusto de mejillas regordetas y sonrosadas, "bien alimentado", se le ocurrió, de unos cincuenta y pico de años.
-Buen día señor, ¿dónde ubico al Sr. Torreldai?
El hombre lo miro con severidad, se acercó con tono casi amenazante y le respondió:
-¿Quién lo busca?
-Soy Franco Díaz… yo… alquilé una casita… el sr. Torreldai es mi contacto- casi confesó asustado.
Una sonrisa se dibujó debajo del bigote, bastante tupido del hombre:
-Entonces, ¡usted hablo conmigo sr. Díaz!  
Y le extendió su mano en son amistoso.

Rápidamente le enseñó la casita, sencilla, pero con todas las comodidades que un hombre soltero y joven podía necesitar. La casa estaba algo retirada del pueblo lo que a Franco le pareció excelente. Sería un espacio pacífico y aislado que le daría tranquilidad mental y la posibilidad de planificar un futuro. El Sr. Torreldai le entregó las llaves y lo invitó amablemente a la feria del pueblo que sería al día siguiente en la plaza principal.
– ¡No falte! ¡Se pone muy interesante!
Y lo dejó con sus pensamientos y cajas para desarmar.

La tarde se hizo presente con rapidez. Miró su nuevo hogar y notó que solo había desarmado dos cajas. Una de ellas con los recuerdos familiares (que eran pocos) y la otra caja donde contenía la ropa que mas utilizaba para estar cómodo (había regalado sus trajes a una iglesia antes de partir, ya que consideraba no volverlos a usar).
Entre los recuerdos familiares, se encontraba una foto vieja de quienes habían sido sus padres. Ambos habían muerto cuando él era muy chico, en un accidente que no tenía presente. Rayaba los 3 años de vida cuando el trágico evento se desarrolló, y sólo le quedaba ese portarretrato de su mamá y su papá que lo unía a su historia. Luego de ello, había sido criado por una tía que semanas atrás había muerto de una extraña enfermedad, y aunque hacía varios años que no vivían en la misma casa, la visitaba religiosamente una vez a la semana. En sus visitas, él la ayudaba a alimentarse y le proveía lo necesario para que en la semana nada le faltase. Además, le pagaba a una enfermera que se encargaba de cuidarla diariamente y se informaba de cómo había pasado los días previos. Como su tía además de no moverse, no podía hablar, la única forma de comunicarse era a través de gestos lentos con su mano izquierda. Había sido duro, sin embargo, inexplicablemente, el dolor de esta pérdida, no inundaba tanto su pecho como si lo hacía la ausencia de sus padres.

Trató de despejar su cabeza para no entristecer el momento, y salió un instante al patio trasero. Allí notó que tenía una hermosa vista del lago del pueblo y sumado a este hermoso espectáculo, la puesta del sol que destellaba psicodélicos naranjas entremezclados con dorados. Eso lo animó bastante.

La noche se vino apresurada y con ella el cansancio de un día agotador. Se preparó algo rápido para comer, con lo que se había traído del almacén y se fue a dormir. Fue un sueño tormentoso, con recuerdos de sus padres, de su tía y de lugares y momentos desconocidos. Esa foto había despertado sentimientos muy ocultos, sentimientos que estaban enterrados en un rincón muy oscuro de su inconciente…

Al día siguiente y luego de desayunar, se preparó para recorrer el lugar. Tenía muchas ganas de conocer los rincones del pueblo ya que pensaba, si la entrada era tan espectacular, el interior debería ser algo similar a un edén. Al salir de la casita, encontró en la puerta una canasta con frutas, dulces caseros y una nota de bienvenida. Estaba firmada por varios vecinos de Huetel que le auguraban una buena estancia en el lugar. Se puso contento y acompañado, cosa rara en su vida ya que estaba acostumbrado a la soledad. Entró la canasta, tomó una de las frutas que se encontraban en ella y salió a caminar con su mp4.

Tomó una calle arbolada, fresca y casi deshabitada, mientras la música vibraba en sus oídos y la fruta se deshacía en su boca. Se dejo inundar del sabor y del aroma puro y fresco del ambiente que lo rodeaba. Las personas que pasaban, lo hacían en bicicletas o trotando y el resultado que se producía al mezclarlo con las melodías, lo hacía pintoresco como mínimo. Varios de ellos lo miraban y lo saludaban con la mano, mostrándole hospitalidad pueblerina. “¿Tanto se nota que no soy de acá?”, pensó divertido, y devolviendo el saludo, continuó con su caminata.

A lo lejos divisó el parque principal del pueblo y recordó la invitación del Sr. Torreldai a la feria. Decidió concurrir para trabar relaciones con la gente y así, además de conocer nuevas personas, podría comenzar a promocionar su trabajo de arquitecto e instalarse definitivamente con un ingreso mensual, ya que “no vivo del aire”, pensó.  Se dirigió al lugar donde ya se amontonaban un puñado de lugareños mientras que en el camino, siguió encontrándose con diferentes e interesantes vecinos del pueblo.

Sin embargo, uno de los encuentros lo dejó más que intrigado. Una pareja de edad media, se acercaba por el mismo camino que él había tomado. Caminaban y charlaban divertidos entre si. En ese instante, vieron que Franco se acercaba a ellos. Al principio, aminoraron tanto la charla como el paso, seguramente con intenciones de ver quién era el forastero. Pero al estar más cerca de él, sus rostros se transformaron. Primero hicieron cierto ademán, como aquel que sucede cuando se encuentra a un conocido, a un viejo amigo que hace tiempo que no se ve. Posteriormente, segundos después, la cara se tornó a horror, como si hubieran visto a un fantasma y con brusquedad –y casi descortesía- cambiaron el rumbo a una de las calles laterales, evitando todo contacto con él.
“¿Qué fue eso?”, se preguntó Franco, y la perplejidad lo acompañó hasta la feria.
Con la cabeza llena de pensamientos encontrados, llegó a la plaza donde la gente ya se había comenzado a agolpar. Se encontraban en su mayoría junto al lago disfrutando del aire y del sol. En ese momento Franco notó que desde allí podía ver su nueva casa. Miró fijamente unos instantes para apreciarla: se veía magnífica, con el verde de los árboles dándole un marco sobrio y distinguido. Se quedó unos instantes más, mirando como hipnotizado por la belleza pero enseguida notó lo que parecía un destello, como si alguien prendiera la luz en una de las habitaciones. Sin embargo, el efecto observado rápidamente desapareció.
“Sería el reflejo del sol en una de las ventanas…”, intentó convencerse, aunque no quedó muy conforme con el pensamiento.

-¡Pudo venir! ¡Me alegra mucho que esté aquí para compartir esta tarde!
Le dijo el Sr. Torreldai sacándolo bruscamente de sus pensamientos.
-¡Si! Aquí me encuentro, ¡gustoso e intrigado de saber de qué se trata la feria!
-Bueno, puede encontrar de todo…si sabe que buscar.
Contestó el hombre haciéndole un guiño cómplice mientras le señalaba alguna que otra chica. Franco sonrió a medias, aunque no le disgustaba la idea. El Sr. Torreldai le mostró con la mano los diferentes puestos donde las familias del pueblo promocionaban desde productos elaborados por ellos mismos, hasta baratijas encontradas en algún sótano olvidado y lo animó a que anduviese el lugar.

Franco comenzó a recorrer uno a uno los puestos, lentamente para apreciarlos en su totalidad. En algunos pudo degustar sabores caseros que le trajeron recuerdos cálidos, mucho de los cuales, no pudo reconocer con exactitud de donde provenían. Sin embargo, los dejó entrar y quedarse en su corazón, ya que provocaban un bienestar jamás sentido por él. En otros vio las más exquisitas artesanías en cuero y muchos otros en metal, sintiendo la reafirmación constante de su decisión de vivir en lugar así.
Uno de los tantos puestos, sin embargo, fue el que le llamó más la atención. Allí vendían baratijas, insignificancias que bien podrían haber sido encontradas en las cajitas que las niñas saben tener. Pero vio una especie de destello provenir de ese lugar, similar al que minutos antes había visto en su casa a través del lago y eso lo animó a acercarse a ver. Se acercó más, tratando de distinguir el origen del brillo o que lo provocaba y divisó un colgante de mujer que le pareció conocido, pero no pudo darse cuenta el porque.

-¡Señora! Me lo llevo… -Le dijo a la mujer del puesto señalándole el colgante.
La mujer lo miró y Franco notó los mismos gestos que previamente le habían manifestado en el camino a la feria, asombro primero y casi horror después. Sin articular palabra, la mujer le entregó el colgante y no quiso cobrarle ni un centavo por él.
En ese instante, cuando intentaba pedirle alguna información a la mujer acerca del colgante adquirido, Franco tuvo una sensación extraña, como si el tiempo se tornara más y más lento y en un instante se congelara. A lo lejos, aunque podía divisar claramente la fuente del sonido, escuchó:
“Nadie se mueva. Voy a enterrar aquí a mi perro y en un rato volveré con más cadáveres”
Intuitivamente miró al cielo y observó con horror como éste se oscurecía, de la misma manera que lo hace en una tormenta tropical. Un destello iluminó el atormentado cielo y un rayo bajó y pegó en su cabeza dejándolo inconsciente. 

Continuará... 

Autor: Misceláneas de la oscuridad - Todos los derechos reservados 2013

El ataúd milagroso

La portezuela de la verja estaba abierta, se dirigió hacia la escalera, y el otro le siguió. Le pareció que por las habitacio...