viernes, 30 de mayo de 2014

Eram quod es, eris quod sum



 


Ella se levantó esa mañana dudando de su propia existencia. Luego de lo vivido durante las últimos días, ya no podía afirmar qué era cierto y qué no. ¿Cómo había terminado así? ¿Acaso era un fantasma?

Tan solo unas semanas atrás Alba era la mujer perfecta, con su perfecta vida y su perfecto esposo. Recientemente se había mudado junto a él, a una enorme casona. La habían visto en un viaje cuando, al extraviarse del grupo, se toparon con esa enorme y extrañamente bella construcción victoriana de tres plantas. Era imponente, hermosa y hasta intimidante debajo de esa apariencia descuidada.

El parque, también abandonado, tenía un atisbo de la belleza de antaño que con sus árboles frutales y sus bellas rosas rojas, conformaban una apariencia de ensueño. Al verlo, Alba había entrecerrado los ojos y algo, una imagen, se había materializado en su mente: flores, mariposas y un niño corriendo. Y ella, feliz.

En ese momento, su marido que la vio en una especie de trance, la sacudió suavemente y le preguntó preocupado:

—¿Estás bien amor?

—Esa casa…—dijo lentamente mirando la edificación —¡debe ser nuestra!

—¿Te parece? Está muy venida a menos, además de que ya…

—No pregunté…te digo que será nuestra no importa cómo…

Manuel se la quedó observando. Alba nunca era así, pero al parecer ella deseaba eso y él no se caracterizaba por negarle algo. Es más, su relación se basaba en consentir las demandas de ella. No por capricho o maldad de parte de Alba, sino porque él tenía un temor de perderla, de que ella desapareciese en el éter debido a su fragilidad. Era una sensación de protección. De darle el mundo, si era necesario. Sobre todo luego de lo que habían padecido unos años atrás.

—Bueno…si te parece

Entonces Alba, que notó su propia actitud, despegó con cierto esfuerzo la mirada de la casa y con ojos suplicantes de perdón le dijo en otro tono:

—¡Gracias! Yo sé que seremos extremadamente felices aquí.

Alba supo que esa casa era especial. No por ser grande o bella. Sino porque la invitaba a pensar en posibilidades. Algo que no le sucedía desde hacía mucho. Demasiado tiempo había pasado desde “el incidente” como ella le decía para no nombrar lo ocurrido y sufrido. Y aquel viaje, era el primero luego de ese terrible momento. Entonces, encontrar esa casa le significó una señal, una especie de casualidad brindada por la mano de algún todopoderoso y se aferró con uñas y dientes a esa sensación, a esa probabilidad de ser feliz.

Tan solo unas semanas después, Alba y Manuel se instalaban en su “nuevo hogar”. Él consiguió un empleo de ayudante del veterinario y mientras pasaba largas horas en el consultorio, Alba se encargó del acondicionamiento el lugar. El comedor era un enorme y despoblado espacio al que claramente le faltaban muebles. Sólo estaba adornado por una enorme mesa de roble que se encontraba en el medio del salón. A su vez, toda la habitación estaba rodeada por enormes ventanales que daban al jardín. Observó la belleza debajo del descuido y pensó en niños nuevamente. “Una familia nueva en mi casa nueva”, pensó ilusionada Alba. Repentinamente se sintió impulsada a la maternidad. Otra vez…

“¡Que extraño!”, pensó. Desde el incidente ella se había jurado no ser madre. No estaba en condiciones. No podía afrontarlo otra vez. El dolor. La pérdida…era demasiado para su pequeño corazón. “Manuel no lo soportaría, no podría hacerlo”; se dijo para convencerse.

Volvió a observar el comedor. Se detuvo delante de la enorme chimenea a la que se acercó y quiso encender. Acomodó los leños y en el momento en que la madera comenzó a arder, observó un destello metálico proveniente de entre los troncos que ya estaban al rojo vivo. “Extraño…no había nada allí”, pensó. Tomó el atizador y con cuidado para no quemarse, corrió uno a uno los leños encendidos y pudo ver una caja de madera adornada con una bella flor de metal. ¿Cómo no había visto eso antes?

Tomó la pequeña caja entre sus manos que a pesar del calor que la había rodeado estaba helada, como la casa. La bella flor tallada, al parecer en plata, finalizaba en un cerrojo pequeño y sofisticadamente adornado. La agitó y pudo escuchar que dentro de ella había algo guardado. “¿Qué será?”, se preguntó con curiosidad e intentó abrirla, pero estaba sellada. ¿Dónde estaría la llave? Le dio vueltas para encontrar algún indicio de su origen y en el piso de la caja había una inscripción grabada a fuego:

Eram quod es, eris quod sum

“¿Qué significará?”, pensó Alba. Una pregunta sin respuesta…y ¿la llave? Repentinamente escuchó la puerta de la entrada abriéndose. Miró la ventana y observó que ya era de noche. Había estado con la caja en sus manos durante las últimas seis horas. ¿Cómo era eso posible?

—¡Hola cariño! ¿Cómo estuvo tu día? Muy aburrido supongo —dijo Manuel mientras le daba un beso a su esposa y dejaba sus cosas en el armario de la entrada.

—Bien…perdón por no haber hecho más…no sé en qué se me fue el tiempo…

Alba se encontraba desencajada. Esa pérdida de tiempo le preocupaba, sobre todo desde que le había ocurrido algo similar posteriormente al incidente. En esa época, días enteros se habían sucedido sin que ella se percatase, y ahora que había superado todo eso, no quería volver. Ya nunca más. Pensó en la cena. Ahora tendría que llamar al delibery porque nada había para comer.

—¿…que me decías Alba? ¡Oh, amor! ¡Hiciste mi comida favorita! Te lo tenías bien guardado ¿eh? ¡Gracias! —le dijo él abrazándola, sin que ella pudiese entender nada.

En ese momento, creyó que Manuel le estaba jugando una broma. Sin embargo, en cuanto miró la mesa del comedor vio que se encontraba con todo un banquete para dos. Inclusive con velas y un vino tinto ya descorchado. Aunque, minutos atrás en esa misma mesa, sólo había polvo y desorden. Luego de ese extraño evento, la cena fue casi en silencio y con gran preocupación de Alba. Pero Manuel pareció no darse cuenta. Era como si ella estuviera ausente y a pesar de todo, siguiese allí compartiendo la vida con él…

Prontamente se fueron a descansar. Pero esa noche la sorprendió dando vueltas en la cama. Un sueño agitado la atormentaba. Se veía a sí misma como un fantasma recorriendo la casa y otra en su lugar, con un pequeño en brazos y con su Manuel, felices. Y esa otra se veía exactamente igual a ella. ¡Un grito!

Alba despertó de golpe empapada en sudor. Su corazón galopaba desbocado y la angustia del sueño aun le perduraba. Miró el techo y supo que no volvería a dormirse. Se levantó sin hacer ruido para no preocupar a su esposo. Se colocó el salto de cama blanco y de encajes que Manuel le había regalado en su noche de bodas y salió de la habitación. Recorrió el pasillo que se veía totalmente diferente de noche. Toda la casa tenía un extraño aspecto a esas horas aunque Alba no sabía bien porqué. Tal vez tenía que ver con que la luz proveniente de afuera y que se filtraba por los enormes ventanales, le daba un aspecto tétrico al lugar. Pasó frente a una habitación a la que no había prestado atención previamente y observó que en la puerta había una frase, la misma que tenía la caja de la flor. “¿Qué es esto?”, se preguntó e intentó abrirla, aunque estaba cerrada con llave. ¿Tendría algo que ver con la caja?

Mientras deliberaba si volver a la cama o prepararse un té, sintió un peso en uno de los bolsillos de su salto de cama. Metió allí la mano y encontró algo metálico. Sacó el objeto y para su sorpresa era una llave pequeña. Miró la puerta pero evidentemente no le pertenecía. Entonces, y sin pensarlo dos veces fue a la cocina a buscar la caja. Definitivamente debía ser de la caja. Bajó las escaleras y sobre la mesa del comedor vio un destello como el de la chimenea. Se acercó y observó que la flor metálica de la cajita, estaba incandescente. Se tomó unos segundos para decidir si no era riesgoso tocarla, pero la curiosidad la atrapó más y metió la pequeña llave en el cerrojo. Giró lentamente y la tapa cedió. Dentro de la caja había otra llave y un pergamino en el que se leía:

“Sólo aquellos de alma pura podrán traspasar la puerta y dar una mirada a…”

“¿A qué?”, se preguntó Alba. El pergamino estaba borroso en esa parte y ella no podía adivinar que seguía en la frase. Miró alternativamente la caja y el pergamino. Las cosas no encajaban, pero tal vez el sueño ya le estaba pegando demasiado. Quizás las cosas se aclarasen en la mañana, ahora ya no podía pensar más. Subió lentamente las escaleras con una incógnita en su corazón, pero cuando abrió la puerta de su cuarto vio con horror que alguien más estaba junto a su esposo en la cama. Una mujer se contorneaba y retorcía de placer sobre su Manuel. Alba corrió hacia la cama pero para su horror se vio a sí misma. Un grito de espanto se le escapó y la mujer con su rostro, que gemía sobre su esposo la miró con ojos de rubí y le sonrió maquiavélicamente. Alba sintió que su estómago se revolvía y puso una mano en él. Su abdomen entonces, comenzó a crecer a velocidad extrema. Se abultaba más y más sin que nada pudiese detenerlo. A los gritos, desesperada y con la angustia en la garganta, se miró a si misma espantada y su doble de ojos rojos dijo:

—¡Despertate ya!

Entonces Alba abrió los ojos y ya era de día. Miró su abdomen con temor y estaba como siempre, plano y sin ninguna lesión. Tocó con sus manos el lado de la cama de su esposo, pero ya estaba vació. Al parecer se había ido sin despertarla. Alba se levantó agobiada por lo vivido esa noche. Se colocó el salto de cama y bajó a desayunar. Pasó delante de la puerta que en su sueño tenía la inscripción de la caja y se la quedó mirando. Nada tenía decía ahora. “Fue un sueño, por suerte”, pensó. Pero al querer abrirla seguía con llave. Le intrigaba que habría allí. Debía encontrar la llave cuanto antes.

Bajó a la cocina y allí estaba la caja. Mientras se cebaba unos mates la miraba de lejos. Ahora le sentía un cierto temor. ¿Y si contenía algo malo? Intentó desechar ese mal sentimiento y se acercó lentamente a la caja. La tocó y esta se abrió al instante casi mágicamente, tanto que le provocó un sobresalto y sintió que su corazón se aceleraba al instante. Miró su interior y encontró una llave. ¿Sería de la puerta de arriba? Debía averiguarlo. Tomó la caja y la llave y subió las escaleras mientras su corazón no quería serenarse. Sabía que la sensación de posibilidades estaba encerrada en ese cuarto. Colocó la llave en el cerrojo y giró suavemente. La puerta hizo un clic y se abrió. Un intenso olor a recuerdos la invadió. Una tristeza infinita, un olor a bebé que extrañaba. De sus ojos comenzaron a brotar lágrimas como ríos. Era la habitación de su bebé. De su bebé muerto.

Una luz tenue se filtraba a través de las cortinas azul cielo. Junto a la ventana había una bella cuna blanca e inmaculada con un colgante de aviones que giraba al son del arrorró. Y un gemido tenue, casi imperceptible. Ella avanzó temerosa, lentamente, como para que esa magia no se rompiese. Porque, ¿Qué otra cosa podría ser sino magia? Su corazón estaba desbocado y le retumbaba en los oídos. Unos pasos más. Se veían unas pequeñas manitos queriendo alcanzar el avión que volaba. Alba estiró su mano para tocar ese tesoro que el incidente se había llevado consigo y sin embargo, un destello que parecía más un rayo proveniente desde el propio Universo, la golpeó y ella salió expulsada de la habitación. Como si esa fuerza enorme la hubiera empujado violentamente hacia el pasillo. Entonces, y a pesar de que ella gritaba y lloraba por regresar al lugar, la puerta se cerró bruscamente y ya no la pudo abrir. Alba cayó de bruces implorando por la posibilidad esfumada. Otra vez la pérdida se hizo presente y con violencia.

El día pasó como en una nube. Alba se había convertido en la sombra de lo que solía ser. Manuel comenzó a ver indicios de un retroceso en su esposa. Los días la encontraba en la cama sin que siquiera se levantase a comer. No podía ya hacerlo. Sobrevino el adelgazamiento y ningún médico encontró causa alguna más que una incipiente depresión. Manuel estaba aterrado. No quería perderla otra vez, pero ella estaba sumergida en un abismo y él no sabía cómo rescatarla.

Entonces, una mañana en la que Manuel no estaba en la casa, Alba se levantó dudando de si realmente había dejado o no este mundo. Ella no sabía si todo por lo que había sucedido era real. ¿Y si estaba loca? Peor aún: ¿y si había muerto ya? Entonces, se levantó como una brisa, y vestida con sólo un blanco camisón que lucía como un harapo, se dirigió a la puerta nefasta. Y mientras le decía a la mismísima puerta: “¡No me vas a ganar!”, tomo la fuerza de cientos de vidas juntas, de almas en pena, de madres y corazones destrozados y la abrió como se abre un portal cósmico. Miles de destellos, de luces de colores y de chispas salieron del marco de la puerta y allí estaba, otra vez. La luz filtrándose por la ventana, el colgante de aviones al son de la canción de cuna y su bebe queriéndolo alcanzar.

Alba lloraba de alegría. Era su hijito antes del incidente. Era su bebé antes de la muerte blanca e injusta que años atrás se lo había llevado. Lo tomó en sus brazos y un viento enorme la bañó junto a una intensa luz que iluminó toda la casona. Entonces Alba recordó. Recordó que esa casa era la de antaño, la del incidente. Allí había sido feliz y había perdido todo. Esa era su casa. Y allí había quedado su historia pasada, su presente y su futuro atrapados en un nudo de energía. Esperándola, si se animaba a desatarlo. Esperando a que ella se animase a vivir las posibilidades.

Abrazó a su hijito una vez más y lo depositó en la cuna junto a una lágrima suya que se cristalizó como un diamante. Le cantó una vez más y luego cerró la puerta de su pasado. Al salir, la inscripción de la puerta apareció otra vez con la frase de la caja, pero esta vez pudo entenderla:

"Yo era lo que tú eres; tú serás lo que soy"

Y entendió. Fue a la cocina abrió la caja y el pergamino dictó: “Sólo aquellos de alma pura podrán traspasar la puerta y dar una mirada a su pasado para construir su futuro…”

En ese momento entró Manuel que al verla se abalanzó sobre ella en un abrazo de amor infinito.

—Pensé que te perdía- dijo él entre lágrimas

—Ya no…ya no

Nueve meses después nació Lautaro quien llenó sus vidas de amor y felicidad.

 
Autor: Misceláneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2013-2014


 

miércoles, 28 de mayo de 2014

Venta...

Continúa la venta de mi primer libro de relatos: Misceláneas de la oscuridad. Aquí podrás leer 13 de mis cuentos donde la muerte es solo una circunstancia.
Puntos de venta:

En La Plata:
» Natushka Regalería (66 e/161 y 162)
» La normal libros (7 e/55 y 56),
» Dardo Rocha (6 e/48 y 49),
» Rayuela (44 e/6 y Plaza Italia)....



En CABA:
» Rincón del Anticuario (Junín 1270, Recoleta, CABA)
» Mendel (Paraguay 5163, Palermo, CABA)
» Crack-Up (Costa Rica 4767, Palermo, CABA)



 

viernes, 16 de mayo de 2014

De casas amarillas y un asesinato







Ella lo observó con cierto asombro, mientras se llevaba una tostada con queso a la boca. A veces, la extrañaba esa relación que los unía desde hacía tantos años y que a pesar del tiempo, cada día se sostenían como un equilibrista en una cuerda y sin red. Había hecho una pausa y luego de colocar queso a su tostada, ella continuó con su argumentación:
—Te estoy contando que anoche, en mis sueños, maté a un ladrón con un arma de fuego y no sentí nada, ¿y vos me decís que soñaste con qué color vamos a pintar la pared del fondo? ¡Increíble como siempre! No me estás escuchando.
—No sólo la pared del fondo, la de adelante, esa que elegimos pintar de color ocre, era en mi sueño, de un amarillo intenso, casi fluorescente. Yo pensaba –en ese estado onírico desesperante- ¿por qué eligió un color como ese? ¡Es horrible! Pero…
—O sea, que encima que no me estás escuchando, me decís que la culpable del color horrible en tu sueño, el color de nuestra casa ya pintada desde hace un mes ¿lo había elegido yo? Estás bastante perturbado, amor… —y le dio un sorbo a su taza de café.
Él tomó el diario y tras comer una galletita respiró hondo, le dio un mordisco y con la boca aún llena dijo:
—Si puede ser, pero no tanto como vos mi querida…matar a un delincuente ¿y no sentir nada? Eso es tremendo hasta para vos.
Él sabía que a su esposa le molestaba sobremanera que hablase con la boca llena, pero ella se dio cuenta de que lo hacía a propósito, por lo que el efecto deseado en realidad no existió. Tras no decir nada al respecto, continuó con la conversación sin sentido que hasta la divertía un poco.
—Si…Pero en realidad, él me estaba persiguiendo…aunque no estoy muy segura de porqué. Yo había tomado un taxi, apurada porque me seguían. Pero el tachero arrancó muy despacio, casi a propósito te diría, y ese hombre, apareció de la nada y quiso arrancarme de adentro para matarme…creo. En el forcejeo, el taxista me pasó su arma y yo le disparé al hombre, varias veces. Y no sentí nada…eso ¿me hace una sociópata?
—¿Te preocupa no sentir nada al matar en un sueño y no te preocupa que los taxistas anden armados? ¿En qué mundo vivimos? Y yo soy el loco…En mi sueño, una pesadilla te diría, en la parte pintada de ese feo amarillo, una hiedra había trepado la pared y el pintor ¡había pasado la pintura por encima de las hojas! Además, dentro de la casa, habías comprado una mesa de madera de forma extraña, y la habías puesto en el centro del comedor; pero no entraba muy bien y yo la miraba tratando de encontrarle algún sentido a esa elección…
—Mí elección. Otra vez soy la culpable…en fin. ¿Y si quiero comprar una mesa así? Que ¿te tengo que pedir permiso? Además, empecé yo a contarte mi sueño y ya saliste con lo tuyo, otra vez. No me escuchás. Te digo que yo me bajaba del taxi y miraba al muerto y nada. Pero ahí no terminó la cosa: de repente, en un abrir y cerrar de ojos, me encontraba en un hospital porque mi peluquera, ¿te acordás de Liliana? —Él asintió mientras tomaba su té —bueno, ella estaba internada. La operaban de no sé qué cuernos y mientras esto le pasaba a ella, yo esperaba en una especie de sala de espera. Lo más loco fue que allí mismo me encontré con mis amigas de la secundaria, Karina y Diana, que hace como veinte años que no veo ¿No es raro eso?
—Primero, si querés comprar una mesa vas y lo hacés y si no entra, la devolvemos. Sabés que confío en tus elecciones…después de todo me elegiste a mi ¿no? —Ella le hizo una sonrisa burlona —Segundo, eso de tus amigas es bastante extraño, porque tuviste que matar a una persona, que quizás fuese inocente, para llegar a verlas. ¿Cuán loco es eso? Yo creo que es tu inconsciente tratando de verlas porque las extrañas mucho
—¿Estás seguro de eso? ¿Cómo podes saberlo?
—Intuición masculina, le dicen
—Ya estás hablando pavadas. ¡No existe tal cosa! Me estás mintiendo para que pare de hablar…te conozco.
—Bueno, puede ser. ¿Vas vos a buscar a Lauti al jardín?
—Si… ¿Por?
—Nada…acordate de pagar la cuota.
—Como siempre —ella lo miró. Por un segundo, sus ojos encontraron con los de él, y una sensación de eterna complicidad la invadió —¿Hay algo para el almuerzo?
—Mmmmhhh No creo ¿Querés que hoy prenda la parrilla? —dijo finalmente dando la vuelta al periódico que estaba hojeando.
—Ah, sería bárbaro…un rico asadito. Yo hago la ensalada.
Entonces, se levantó y lo miró con el mismo cariño de siempre; le acarició la cabellera ya canosa y se fue a tender la cama.

Autor: Miscelaneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

domingo, 11 de mayo de 2014

Autómatas






“¡Juraste que todo saldría bien! ¿Por qué no vuelve en sí?”, una voz angustiada gritó y se hizo eco en mis neuronas maltratadas, una y otra y otra vez... 

Frío.

Mi cabeza está como en una nube y me duele, lo cual es algo bastante extraño. “¿Qué día es hoy?”, la verdad es que no estoy muy segura. “¿Será la mañana?”. Busco en mi calendario mental, pero aparece desconectado, en blanco, y mis ojos, en lugar de mostrar el esquema habitual de citas, sólo se sienten molestos por la luz. “¿Será que mi chip se descompuso?”. Lo único que recuerdo con claridad es el mismo dolor de cabeza, un mareo y oscuridad.
Un bocinazo me arranca del desvaído mental. Aun no sé cómo, pero estoy en la calle y frente a mí, personas, autos, motos se suceden a una velocidad extrema. Respiro hondo para calmarme. “¿Calmarme?”, mi interior quiere reír. El día es húmedo y despejado y, a pesar de que ya estamos en primavera, el frío se siente en mis huesos. Entonces, un remolino de viento me acaricia el rostro y como cada día, decido volar. Pero desafortunadamente, no sólo perdí parte de mis recuerdos recientes, sino que ahora tampoco puedo volar haciendo que todo en este día se torne más que absurdo. “¿Qué me pasó?”, pienso preocupada, mientras apresuro el paso. Aunque ¿para ir a dónde y a hacer qué? No lo puedo recordar, al menos no por ahora. Al parecer mi neurochip, un implante de mejora insertado una década atrás, está reseteado y mi agenda entera, con todas mis citas, se borró. Es imperioso recuperarla si no quiero perder mi trabajo y lo más importante, mi vida. No puedo darme semejante lujo y aunque la suerte no me acompañe, tengo que caminar en búsqueda de la verdad. Pasos y más pasos. A medida que recorro las calles, percibo la ciudad que parece renovada.  Mientras tanto, hago un esfuerzo considerable tratando de recordar y lo único que se viene a mi memoria dañada, tiene fecha de un mes atrás.

Un pitido en mi cerebro.

Sonó el despertador y mi día comenzó como cada mañana en los últimos diez años: el neurochip recibiendo cientos de llamadas. Mi cerebro apenas despierto ya había procesado centenares de datos para crear modelos, patrones que darían respuesta a las muchas necesidades de este mundo globalizado y neurótico. A la hora de haber despertado, ya había coordinado reuniones on-line con gobernantes de países poderosos que hacían cola durante meses para escucharme analizar la realidad del mercado, las coyunturas políticas y en consecuencia, tomar importantes decisiones para el mundo. De mí dependía la paz global ya que había frenado más de una guerra en el pasado. Por lo que, gracias a mí, el mundo seguía siendo un lugar habitable y, en ocasiones, hermoso para la humanidad. Y esa mañana, no había sido la excepción.
Luego de desayunar, volé sobre la ciudad, como siempre. Un “Hola” escuché a lo lejos, y vi a Mateo. Él era el secretario de la empresa donde yo trabajaba, y en ese instante, me saludaba con ojos alegres y voz dulce. Él tenía también uno de los pocos chips neuronales que la Alianza había decidido colocar en humanos, aunque todo en él era diferente a mí. Los portadores de chips éramos pocos y habíamos sido elegidos concienzudamente por nuestro gobierno, por ser las personas más destacadas y capaces de resolver problemas complejos. Nos llamaban los sin-emociones porque nuestros análisis y las decisiones que se tomaban en consecuencia,  jamás deberían vincularse al amor, al odio o al miedo. Se nos exigía total neutralidad y eso nos convertía en prácticamente seres antisociales. Yo era una de esas personas y Mateo también, aunque esa mañana, sus ojos tenían un brillo muy particular. “¿Qué cambió?”, pensé aunque no hubo respuesta para eso.
Él era muy inteligente, aunque no tanto como yo. Sin embargo, y en contra de todas las probabilidades estadísticas, algo provocaba en mí. Podía estar observándolo durante horas, sin que él lo supiese, y esa simple acción relajaba mi mente cansada y desmotivada. Aunque últimamente, podía desconcentrar mis pensamientos y eso me apartaba del camino habitual. Eso estaba prohibido, por supuesto, pero no podía evitarlo. Lo saludé con una mueca, que se parecía mucho a lo que el resto de los humanos llamaban sonrisa, entré al Gran Edificio y me dirigí directo a la oficina.

¿Qué hora es?

“No anda”. Mi reloj de mano está apagado. “Maldito chip”, la frustración –rara sensación en mi- se hace presente y se convierte en compañera de mis pensamientos. Con torpeza en las manos, prendo la computadora y veo que son las siete y media de la mañana. “Por eso no hay nadie…es muy temprano”. Entonces, intento analizar cómo los eventos se sucedieron a una velocidad acelerada a pesar de la hora. Pero no se me ocurre nada. Busco la agenda, para que me oriente en alguna pista, y también está en blanco. La desesperación comienza a apoderarse de mi persona, y algo extraño se instala en mi pecho: ganas de llorar. Ahogo esa rara sensación e intento serenarme para encontrar una respuesta racional a esta serie de eventos anómalos, pero entonces, casi como en la misma nube que me acompaña desde temprano, aparecen unos ojos. Como en un flash veo a Mateo con rostro sorprendido, casi extrañado, mirándome desde la puerta de su oficina. Otro golpeteo en el pecho. ¿Qué significa esa mirada? ¿Sentimientos? Quise preguntarle, pero con rapidez él desaparece de mi vista.

Entonces, salgo a la calle, algo agitada.

Ni bien coloqué un pie en la calzada vi como la luna se reflejó en la acera. Parecía un faro encendido que iluminaba todo, a pesar de que era entrada la noche. Entonces, agradecí haber finalizado una jornada tan intensa y complicada de trabajo. Era una bella noche, cálida y despejada. El cielo, de un azul profundo, ofrecía miles de pequeñas luces, y sin embargo, nada me provocó. Ya me había olvidado de eso: los sentimientos. Ahora sólo eran un concepto abstracto, una definición instalada en mi disco rígido mental. Podía definir con claridad su significado, aunque ya no podía utilizarlo. ¿Lo extrañaba? En ese día que había sido largo y realmente cansador, quise sentir algo. Unas cuantas de las previsiones hechas por mí no habían sido tan precisas como la comisión directiva deseaba que fuesen. Hubo clientes disconformes, revueltas civiles en varios países y una observación a mi desempeño. “¿Querés que tomemos algo, así te olvidas de este feo día?”, los ojos de Mateo me miraban destellantes de ansiedad. Otra emoción. Él  invitaba a relajarme a sentir. “¿Por qué no?”, contesté y deseé que esa noche fuese extraordinaria. Nos dirigimos a un bar y nos sentamos apartados del resto, en una mesita. Un pequeño velador nos iluminaba pero aun así, podía verlo. El clavó sus enormes y bellos ojos, en mi persona y aún así...

“¿Van a tomar algo?”, preguntó la moza.

“Café para uno”, le contesto mirando la silla vacía que tengo frente a mí. “Mateo”, repite mi cerebro una y otra vez. Lo recuerdo mientras el intenso aroma del café invade mis sentidos y mi estómago revolotea. Siento un nudo en la garganta. “¿Qué me pasa?” Al parecer, el chip no solo borró mi agenda y la memoria, sino que esta alocado presentándome sensaciones extrañas y repentinas. ¡Sensaciones! Y esta nube en mi cabeza que no me permite pensar con claridad.
Una lágrima rueda por mi mejilla. Demasiadas pérdidas: volar, pensar, Mateo. Y lo que más me duele es la mirada de este joven que treinta días atrás me brindó una nueva y extraordinaria sensación. Aunque no sé cómo llamarla. Un suspiro se me escapa mientras salgo del café y el sol que está alto y cálido, me acaricia la piel y renueva mi esperanza. Elevo mis ojos y noto que el cielo parece más azul que de costumbre y me invade una catarata de estímulos nuevos y excitantes. ¿Los sentí antes?, tal vez muchos, muchos años atrás, aunque quizás, nunca. Camino sin rumbo, sin objetivos y me encuentro en una plaza, donde la naturaleza llena de vida, me impacta sobremanera. Me siento en un banco y cierro los ojos.

El sol, que ilumina mis párpados, torna todo de un hermoso color naranja.

 “Me encantó verte anoche”, dijo Mateo sentado a mi lado y casi en un suspiro. “A mí también”, le contesté con el corazón vibrante a pesar de que mi chip mantenía a raya las pulsaciones cardíacas. Sus ojos me escrutaron y se metieron dentro de mí. ¿Qué era eso? No me importaba porque se sentía delicioso y no quería que parase. Luego del silencio y de decir tanto sin pronunciar palabra, el trabajo salió a colación y hablamos de cómo se había optimizado la toma de decisiones desde la implantación del chip. “Pero nuestras vidas parecen vacías”, dijo Mateo esperando una respuesta de mi parte. Era raro, pero él tenía razón. Aunque en ese momento no dije nada, mis neuronas humanas se quedaron pensando. Pasábamos el día entero en la oficina tomando decisiones y luego…soledad. Miré sus ojos y tuve un pálpito, una precognición. Volamos juntos tomados de la mano y un chispazo, una descarga suave pero placentera, recorrió mi cuerpo y no supe si era a causa del chip o de Mateo. Aunque muy dentro de mí, esperé que la causa fuese él.

El banco de la plaza se siente vacío sin él y acá estoy deseando su compañía con locura.

¿Por qué? Una imagen se aparece en mi cerebro dañado y no se borra. Parece un bucle, un virus de computación que se reitera una y otra vez entre mis neuronas cansadas por este día agobiante. Una parte de la ciudad que desconozco. ¿Será real? Tal vez el daño en el chip me provoca ver cosas que no son reales. Pero, ¿y si estuve allí antes? Tal vez en ese lugar puedan decirme, con certeza, qué sucedió con mi memoria y tal vez, de esa manera, podré recuperar todos los datos. Necesito algo que me saque de esta oscuridad que me rodea, de esta sensación de ahogarme en una laguna empetrolada…Enfoco la imagen como tantas otras veces hice, aunque con el chip dañado, es más difícil. Pero no imposible. Los edificios se suceden uno detrás de otro sin que yo me dé cuenta qué lugar de la ciudad es. Pero hay un detalle. Un cartel. Y ¡bum! ya sé a dónde tengo que ir.

“Si, hay que hacerlo”, dije entonces y resonó como una campanazo en mis oídos.

Mis ojos se acomodaron rápidamente a la penumbra y comencé a divisar diferentes carteles y puertas. Carteles que, dependiendo desde qué ángulo se mirasen, cambiaban. Y lo hacían una y otra vez, a veces caprichosos, a veces con cierto sentido. Por fin, encontré una puerta con un cartel que, en el instante en que clavé mis ojos borrosos, se tornó de un rojo intenso como si se tratase de una especie de señal. Brilló en plena oscuridad como el fuego proveniente desde un volcán en erupción. “Es acá”, escuché como entre ecos raros y retumbantes. No estaba sola, aunque no estaba segura de quien estaría conmigo.

“No temas, nada va a pasarte. A mi nada me pasó”.

Camino entre calles de una ciudad que se abre ante mí como una flor en primavera y me da la bienvenida, como si todo este tiempo, no hubiese vivido allí. De repente, toda mi vida fui una miope y hoy, justo hoy me dan un enorme y renovador par de lentes, dándole vida y color a todo cuanto me rodea. “Extraño”.
La gente que se sucede a mi lado, me ofrece rostros anónimos que me sonríen al pasar, constituyéndose en algo de lo más increíble. Alguien me saluda y yo no sé quién podrá ser. Sin mi chip en condiciones, todos son extraños. Excepto Mateo. ¿Por qué él? Sólo él se viene a mi mente. Sus ojos grandes y honestos. Su belleza y dulzura. Un cartel aparece de la nada y una puerta. Esa puerta, que en mi memoria dañada es negra, ahora se muestra azul como el cielo. Afuera, una maceta con flores rojas me provoca admiración. Toco con suavidad, tímidamente y con miedo por lo que pudiese suceder, y espero a que alguien responda mi llamado.

“Adelante”

Un hombre pequeño y calvo me abrió la puerta negra y casi sin dudarlo, entré. Allí, varios monitores y una camilla, me esperaban determinantes y contundentes. Me recosté donde me indicaron y el hombre que me atendió, enchufó un dispositivo a mi entrada neurocraneal. Cerré los ojos y sentí frio. Era el frío de la exploración mental que a través de un sistema de computación entraba en mí y buscaba programas y aplicaciones. Una descarga eléctrica y dolor.

Mucho dolor.

Una ansiedad enorme me invade y me pregunto por qué. Lo bizarro del día parece no tener fin, mi corazón se desboca con solo la expectativa de lo desconocido, con espera de que alguien abra la puerta. Escucho ruidos de pisadas. Adentro, alguien baja presuroso por una escalera, aunque duda un instante al llegar a la puerta. Puedo escuchar cada paso, cada titubeo. “Por qué se tardarán tanto”, me pregunto impaciente.

“Tranquila”

Una voz suave y melodiosa susurró a mi oído y me tranquilizó. Mientras, mis ojos continuaban cerrados y oscuros. Pero a pesar de la oscuridad, sentí la calidez de sus manos entre las mías, de su piel y aroma que eran conocidos. “No tengas miedo, esto es necesario…no vas a sufrir, lo juro…y vamos a estar juntos por siempre”.

Oscuridad.

La puerta azul se abre ante mí y unos ojos maravillosos me reciben, mientras que, llorando, me arrojo a sus brazos. “Pensé que no me recordabas”, dice Mateo mientras me besa una y otra vez en los labios. “Tu recuerdo y esta sensación extraña en mi pecho me trajeron hasta aquí”, le digo mientras él con una sonrisa me contesta: “Se llama amor…esto en el corazón es amor”, y nos fusionamos en un beso infinito. Detrás de él, unos bolsos, los pasajes de avión y pasaportes falsos nos esperan. Una nueva vida se abre para los dos. Desde este día ya no somos autómatas. Nunca más.

Autor: Miscelaneas de la oscuridad – Todos los derechos reservados 2014

Silenciosa e inmaterial.

Dicen que el asesino siempre vuelve a la escena del crimen. ¿Será verdad?, me pregunto. ¿Será posible que esté aquí mismo, jun...