sábado, 7 de octubre de 2017

Entre ahora y el después.





Él la toma entre sus brazos y como puede la levanta de la cama. Carmen siente el corazón de Raúl latir acelerado. Su aroma. Hace tiempo que no lo siente, que no se rozan. De inmediato él la deja en la silla y se aparta. La conexión se pierde. Una descarga de electrizadad, como un cosquilleo, recorre a Carmen. Ella duda si es por él o por la silla.
—¿Quién la uso antes, Raúl?
—¿Antes? 
—Sí, antes que yo la usara, antes de que me pasara esto, ¿quién la uso?
—No sé quien la uso, Carmen. ¿Tan importante es que sepas eso?
—Quiero saber quién la usó...
—No entiendo cuál es el problema. La necesitabas urgente. La conseguí. Deberías estar agradecida. Pero no. Siempre criticando. Siempre buscando la quinta pata al gato. 
"Hay algo que no me dice", piensa Carmen. "No tiene que saber de dónde la saqué", piensa él.
—No dije nada Raúl. Solo pregunte de quién era. Si es tanto problema no pregunto más nada. En mi condición... 

Ella siente que su pecho se contrae de angustia. No puede angustiarse. No en su condición. Pero el pulso aumenta y su respiración se entrecorta. Aunque no sabe si es porque ya no puede caminar o porque sabe lo que se viene después. Con él. Acaricia el metal del apoyabrazos. La silla es su nueva mejor amiga. O debería serlo de ahora en más. Por el momento la odia. Aunque la electricidad esa que sintió antes sigue estando. Quizás deba amarla, piensa. Ella la llevará a todas partes. La acaricia. Siente algo en el metal. Hay unas letras, apenas se pueden leer. Ella rasca.
—Disculpame —dice Raúl. —Es duro verte ahí. Pero lo vamos a superar.
—¿Duro? Realmente no sabés lo que me pasa o lo que siento. Pero siempre fue así...no me quejo esto podría ser una oportunidad ¿no? Podría ser...
—Escuchaste al doctor. El dijo que esto puede ser transitorio. No hay razón para que no camines...

Ella se endurece de pronto. Él la quiere sana. El después está firmado, sentenciado en realidad. Ella debe curarse a pesar de sus deseos. Así debe ser porque antes de su parálisis habían decidido cómo sería el después. Y eso no se modificará por nada ni por nadie. Menos por una paralítica amargada.
—No hay razón para mi parálisis y aun así no camino. Todos creen que estoy loca. Pero no lo estoy. Vamos a casa ¿sí? 

Él la acomoda en la camioneta luego de varios intentos fallidos. Carmen puede ver como la vena de su frente late enérgicamente. Imagina que se hincha, le borra la cara, se pone violeta y más violeta. Luego estalla y la sangre de él la baña. La sangre es salada y caliente. Le gusta esa sangre. Podría alimentarse de su sangre. Observa cómo Raúl se retuerce del dolor y muere desangrado. Hace una sonrisa y él se pone más nervioso. Transpira. Golpea la silla varias veces para que se trabe. Ella siente los golpes en su espalda, pero no se queja. Incluso le gusta. Le encanta tiranizarlo con la mirada, con sus suspiros. Sabe que lo hace sentir frustrado e inútil y eso le da placer. Él la observa y ella calla aunque en ese juego sadomasoquista, Carmen no deja de preguntarse quién habría usado esa silla antes. Quien se habría sentado en su silla de ruedas. Las palabras siguen ahí grabadas y ella talla con su dedo para aclararlas.

El viaje dura una hora exacta. Sesenta minutos de preguntas. De dudas. ¿Y si el dueño anterior era una mala persona? ¿Habría muerto esa mala persona? ¿Habría muerto en circunstancias sospechosas? Seguro que había sido asesinado, tal vez por algún amante frustrado, concluye horrorizada. Podría haber sido otro tipo de persona. Un mártir que dejaron morir de hambre, solo. Abandonado por la familia. Pero Carmen prefiere que sea un asesino. Que se haya vengado de todos. Un amargo, frustrado y odioso ser humano. Postrado y vengativo. Prefiere pensar eso. Elige que ese anónimo que usó su silla de ruedas, haya sido un asesino serial. Un calor la inunda, la excita.

Una frenada, un bocinazo, unas puteadas de Raúl. Ella se ríe y él lo detesta. Entre tanto, llegan a la casa y, como puede, él la baja. La mucama ayuda con el equipaje. Sin decir nada lleva el bolso hasta la habitación de la señora Carmen, como le dice a su jefa. 
—¿Necesita algo más, señora Carmen?
—Necesito caminar. Eso necesito. 

Carmen sabe que es dura, pero así la debe tratar. Por el después. Ella tiene piernas que funcionan y la odia por eso. Entre tantos otros motivos. Es joven y hermosa y eso es un insulto a su parálisis. Desea que no exista, que la deje sola. Desea que esa cucaracha sea aplastada como el insecto que es. Pero nada pasa. Carmen vuelve a sonreír. La ve ahí, indecisa como un pollo mojado, aletargado. Ve como la mucama se queda quieta, petrificada junto a la cómoda, sin decir o hacer algo. El tiempo se dilata, demasiado tal vez. 
—Yo no...
—Retirate por favor. 

La mucama se va. Podría mandarla a la mierda pero eso le costaría el empleo. Ya no existiría el después. También podría alegrarse de que ella se encuentra en esa condición, pero no puede. Se da cuenta de que en realidad no siente nada. Absolutamente nada. 

Va a su habitación de mucama. Arma un bolso pequeño con sus pocas cosas de mucama y sale a la calle. No presta atención al dueño de la casa que le pregunta a los gritos a dónde va. No percibe que le pregunta si la señora Carmen la maltrató. No escucha que él le dice que la necesita. Que espere el después. Que sin ella no puede. Sin sentimientos, la mucama cruza la calle. No presta atención al entorno y no puede frenarse ante los coches que pasan por la calle. Sabe que debería detenerse pero no puede. Lo intenta pero no tiene control sobre sus músculos. Algo la tracciona. La moviliza. Los coches la esquivan como pueden. La evitan. Pero un camión dobla en la esquina y apenas logra divisarla. Entonces, los sentimientos vuelven cuando ella tiene el camión encima. Y se arrepiente de todo mientras grita de terror. Pero ya es tarde. La joven mucama es atropellada y muere en el acto ante el asombro del chofer y del dueño de la casa que no entiende qué sucede. 
Hay gritos, llantos, corridas. Llaman a la ambulancia aunque es en vano. La mucama ya no existe. El después ya cambió.

Raúl mira a la casa. Ve a Carmen junto a la ventana, sentada en la silla de ruedas. No divisa su rostro del todo pero puede jurar que ella sonríe. "¿Será tan perversa?", piensa consternado.  Llora y se dice que todo es una maldita pesadilla. Que debe despertar. Que está atascado entre el ahora y el después.
Carmen observa desde la ventana del cuarto. Ve a Raúl llorar. Sí, él llora como una niña. El después ya comenzó, se dice. Uno diferente porque la mucamita ya no está. Respira hondo. Siente que su pecho se libera. Ahora tiene una ligereza en el alma. Gira su silla, acaricia el metal nuevamente. Las letras se aclaran y ella lee con sus manos: "Lo que desees se hará realidad. Ellos deben pagar para que vuelvas a ser quien eras". A Carmen le brillan los ojos. Ahora el mundo está en sus manos y el futuro, a sus pies. 

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

domingo, 24 de septiembre de 2017

Monstruos en la oscuridad





—Me gustan esas flores. Las flores blancas son puras. Y ese pequeño helecho en el ramo es delicado. ¿Vos creés que le guste así, Roberto?

Ella habla y mira para adelante. Parece petrificada, perdida. Sin embargo, su mente está ubicada en un solo lugar: donde debe estar, allá adelante. Dónde el hombre habla sin parar, aunque ella no lo escuche. 

Sus manos juntas descansan en la falda limpia, estrenada hoy. La planchó muy temprano porque era algo especial. Como su cabello tirante que termina en un rodete, perfecto. Ella nunca usa rodete, pero le parece pertinente hacerlo hoy. “Es lo mejor”, se dijo al peinarse aquella mañana. Cuando el peine atravesó su cabello lacio que se dejó dominar como si supiera que era necesario. Justo hoy. A Carmen no le importó que se le vieran las canas sin teñir. O que su frente pareciera más arrugada. O que las ojeras resaltaran caprichosas con semejante peinado. Ya no.
—No sé. No puedo saberlo, Carmen.

Él la observa. Siente un gran temor por ella. Por cómo pudiera reaccionar después. Teme porque la ama demasiado, quizás más que a él. Al pequeño. Desde la primera vez que la vio sintió amor. Aunque no le pertenecía, aunque debía ser de otro, la amó. Y tal vez ese fue el error de ambos. Amarse. Seguir adelante con ese sentimiento. Imaginar que el mundo podía ser un lugar diferente para ellos.

Roberto siente el dolor de la realidad en su pecho. A diferencia de ella, está despeinado y ya se fumó cinco cigarrillos a pesar de que dejó de fumar hace unos meses. Sabe que recaerá. Que ya no tendrá fuerzas para abandonar el vicio. Sabe que quizás muera de cáncer de pulmón o quizás de enfisema. Pero no importa ya.
—Está bien. —dice ella —Yo sé que le va a gustar. Lo único es…
—¿Es qué?
—Luz… no le gusta la oscuridad. Viste como se ponía a la noche cuando apagábamos la luz por error… los gritos. Esa desesperación. A veces me asustaba que gritara de esa forma y vos no hacías nada para ayudar. No es normal…
—Carmen… —ella continúa observando hacia adelante y Roberto se da por vencido, como siempre —No creo que le afecte —dice finalmente para no empeorar las cosas.
—Sí. Hay que ver que el lugar esté iluminado. Eso es importante. No quiero que se asuste —continúa ella sin siquiera prestar atención a las respuestas de su marido.

Él toma su mano, pero ella lo aparta de inmediato. Siente que su piel quema, como el infierno. No quiere que él sea condescendiente. Quiere que se vaya, que la deje sola. Recuerda por qué está ahí. Piensa: “No estoy loca”, se convence, “Necesita mucha luz, todo el tiempo”. Casi se le escapan esas palabras, en voz alta, pero prefiere callar.

Una paloma revolotea contra el vidrio esmerilado. Se golpea varias veces, insistiendo en salir. “Pobre tonta”, piensa Roberto e instintivamente observa a su mujer. Quizás debería reunirse a su locura, a su desquicio. A la negación del mundo que la rodea. Tal vez así sería más fácil. Quizás el dolor sea menor. Vuelve a mirar la paloma y piensa que quizás se trate de una señal. Una de Dios. Observa de nuevo a Carmen. Ve sus facciones rígidas, imperturbables. El pelo recogido, la falda planchada con almidón. Y cree que es mejor llorar cuando se deba, cuando corresponda.

Con un suspiro descarta la idea de la señal porque, en última instancia, no cree en esas cosas. Ya no. Sabe que la vida de los dos se convertirá en una tragedia desde ahora. Lo sabe. Como también sabe que no saldrán ilesos, indemnes. ¿Qué hacer entonces? Seguir. Sólo seguir. Porque hay que hacerlo. Porque es lo que queda… Piensa en la luz, en qué contestarle. Mejor es vivir en la realidad… se dice.
—Carmen…
—¡Es un nene chiquito, Roberto! —dice ella adivinando las palabras de su esposo.

Esta vez mira a su marido. Lo observa directo a los ojos, con una frialdad que a él le llega al corazón. Como una flecha mortífera, virulenta.
—Está bien…—ahora él mira al frente. En silencio, pensativo. Reconsidera la señal, la vida, la muerte. El futuro.

Carmen continúa sumergida en sus pensamientos. Ella sabe que sólo eso la salvará. Quizás a él también lo salve aunque ya no le importa. No le importa Roberto. Ya no. Continúa…
—Además está la cuestión de los juguetes. Hay que dejar algunos por ahí… el autito rojo de madera. Y el oso de peluche que tanto le gusta. Con el que duerme…
—¿Para qué, Carmen?
—Para que juegue, Roberto. No preguntes estupideces.

Roberto cierra los puños y desea no haber nacido. Así quizás las cosas para ella hubieran sido diferentes. Tal vez Carmen se hubiera casado con el otro, y un hijo diferente hubiera nacido. No uno débil y enfermizo como el que tuvieron. Quizás uno sin temor a la oscuridad y a sus monstruos, con un corazón más fuerte para soportar los miedos imaginarios. Tal vez.

El cura finaliza el sermón. El silencio invade cada rincón de la iglesia. El único momento en que se interrumpe es cuando la gente se levanta. Los ruidos de zapatos haciendo eco, las ropas rozando los cuerpos. La paloma que sigue insistiendo con salir. “Por qué nadie le abre”, suspira Roberto. Piensa que quizás es él, el alma del niño que quiere volar. Piensa que Carmen no lo suelta. La culpa a ella. Nunca lo soltó. Jamás.

Alguien se acerca a ellos. “Cuánto lo siento”, murmura esa persona. Roberto agradece, pero Carmen no mira. Solo permanece sentada en aquel banco de madera, rígida, observando el pequeño cajón blanco. “Sí”, se dice, “a mi bebé no le gustaba para nada la oscuridad. Y los monstruos... Pero no te preocupes mi amor, mamá te va a cuidar y pronto te acompañará. Muy pronto, mi cielo.”

Autora: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

domingo, 17 de septiembre de 2017

Silenciosa e inmaterial.






Dicen que el asesino siempre vuelve a la escena del crimen. ¿Será verdad?, me pregunto. ¿Será posible que esté aquí mismo, junto a mí? un escalofrío me recorre. En mi nuca. Miro a mí alrededor. Está lleno de gente, curiosos en su mayoría. Ansiosos de sangre, de violencia. Violentos reprimidos que son inconformes con su existencia mediocre. 

Dicen que ellos siempre vuelven, que no importa cómo sea de violenta la muerte, ellos estarán ahí para ver el resultado. Para deleitarse con su obra maquiavélica o simplemente para sentirse omnipotentes.  Solo de pensar que esté acá me da miedo, asco, impotencia.

Observo los personajes, evalúo cada rostro. Estoy acá igual que ellos. ¿Seré culpable de algo, también? Sin embargo, no hay tiempo de pensar porque el circo se arma y cada personaje comienza a actuar. Cada uno con su rol, como si fueran importantes, destacados.  Miro a los que investigan. Se les nota en la cara que no tienen pistas. Están nerviosos. Gesticulan demasiado. La lluvia está a punto de caer y puede arruinar toda la evidencia. Mi pecho se contrae de sólo pensar en esa posibilidad. ¿Sabrán quién fue el asesino? ¿Por qué esta y no otra mujer? Aunque pienso que siempre es una mujer. 

El cielo es ajeno a todo. A él no le importa lo que puede provocar. Entonces las primeras gotas comienzan a caer y la policía se acelera aún más. Alista todo tipo de información lo más rápido posible para que nada quede en el limbo donde los juicios se pierden y los asesinos salen libres. Cubren el cuerpo con una enorme bolsa. Quizás ella pueda preservarse y contar qué le pasó.

Todo me recuerda a las películas de crímenes donde todo sale bien, todo se resuelve. Me transformo en el investigador de alto rango que observa el cuerpo. Me creo inteligente aunque recibo órdenes todo el tiempo. Mi vida es miserable porque mi mujer me dejó por estar siempre trabajando, por no prestarle atención. Las noches son duras, ahora que ella no está. Demasiado solitarias y llenas de olor a cigarrillo y ron. La resaca me persigue hoy como cada mañana. Ese es mi único escape de la realidad, aunque no funciona casi nunca. Camino, observando todo a mí alrededor. No se me puede escapar nada. Estoy atento, aunque la cabeza me explota de dolor. Miro la evidencia y deduzco que el crimen fue en otro lugar. Hay poca sangre y sin embargo la piel de la víctima está tan blanca como una nube. A dónde habrá quedado toda esa sangre, me pregunto. Los dedos están destrozados así que dio lucha, me digo. Hasta el final se defendió. 

Pero ¿por qué la gente no se mueve? Hay que sacarlos a todos, digo. Un rayo ilumina el cielo, un trueno desgarra ese murmullo constante. Y todos se quedan. Nadie se mueve ni un milímetro. Quizás si no mirasen todo se evaporaría y el crimen dejaría de existir. ¿Será eso? Pienso que en realidad los curiosos tienen guardados en su placares muchos muertos y por eso no se mueven. Temen que les hayan robado el suyo y ahora esté expuesto ante la mirada de todos. Necesitan constatar que no es su muerto sino el de otro. 

Observo la multitud y pienso que todos han querido matar a alguien; que todos han diseñado un asesinato perfecto. Imagino que todos saben donde podrían desechar un cuerpo y en qué momento, en que época del año, es mejor liberarlo. Saben que hasta llamar a la policía pidiendo ayuda es algo inteligente, que despistaría. Recuerdo que una vez yo tuve la idea de un asesinato perfecto. Me acuerdo que pensé que debía ser mujer, que debía tirarla en un callejón como este y que debía estar a punto de llover para que la evidencia se borrara con el agua. ¿El asesino habrá leído mis pensamientos alguna vez? ¿Seré cómplice si fue así? Mi mujer me había engañado con el vecino. Quería matarla, pero no pude. Sin embargo todo esto es tan parecido que me estremezco. Tal vez mis pensamientos fueron demasiado ruidosos y alguien más los escuchó. Me convenzo de eso y me siento culpable. 

Dejo al investigador. Vuelo. Imagino a esta joven mujer acechada.  La mirada del asesino sobre su espalda, sobre su nunca. Imagino cómo la observó cuidadosamente antes de decidir avanzar. Puedo imaginar su ansiedad. La sangre hirviéndole en las venas, sus pensamientos morbosos. La necesidad incontrolable de clavar ese puñal en su garganta. De ver la sangre brotar y escurrir.  Puedo sentir su locura acelerada en mis venas. Su morbo en mis neuronas. Puedo imaginar como la controló a la distancia, como midió sus acciones, como se enteró de sus actividades cotidianas.

Lo imagino. Lo siento. Soy él. La mato. La observo. La desecho. Jamás podría, me digo. Aunque… dicen que todo depende de las circunstancias. Que si todo se conjuga, es inevitable matar. Quiero dudar de eso, aunque es difícil de escapar de semejante probabilidad.

Entonces mi piel es otra. Es la de ella. Siento el asfalto debajo de mi cuerpo. Estoy helada porque ya no tengo pulso. Me acuerdo de esos ojos vacíos, amenazantes. Recuerdo su excitación al verme tendida. Al sentir mi cuerpo debajo de él. Su olor. Jamás podré olvidar eso. Recuerdo el metal recorriendo mi garganta. La desesperación. El dolor. El ahogo en mi propia sangre. La angustia de saberme en el último instante de mi vida. No hay túneles ni luces, solo el rojo de mi sangre y la nada misma. Quiero irme y me siento atrapada en su cuerpo. Quiero desgarrarla por dentro, salir. Grito. ¡Qué me saquen de acá! Nadie escucha. Nadie me ve. La observan a ella, a ese saco de carne y huesos, pero no la ven. Miran y no ven. No me ven. Lloro por eso. Me doy por vencida. Y salgo de ella. De mí. Floto. Y soy testigo de mi propio asesinato.

Silenciosa e inmaterial observo la lluvia. Los policías corriendo. La gente murmurando. Y me resigno a vagar en este limbo hasta que alguien me deje descansar en paz.  

Autora: Soledad Fernandez (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

Entre ahora y el después.

Él la toma entre sus brazos y como puede la levanta de la cama. Carmen siente el corazón de Raúl latir acelerado. Su aroma. Hace ...