domingo, 6 de agosto de 2017

Quia spiritus a Danai

 
 
 
Este relato surgió a partir de una consigna del Edén de los Novelistas Brutos donde había que escribir un capítulo de los Expedientes X. 
 
 
―Necesito ubicar a la Dra. Scully de inmediato.
―Sí, señor.
―Doctora Scully…tiene una llamada del subdirector Skinner.
―Estoy por entrar a una cirugía
―Dice que es urgente…
Scully tomó el teléfono y escuchó atentamente lo que Skinner tenía para decirle. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante. Colgó, se colocó el barbijo y entró al quirófano.
 
 
*********
 
Los pasillos del FBI estaban cambiados desde la última vez que ella los había transitado. Las luces más blancas, los mármoles más lustrados, las caras de los agentes demasiado jóvenes. Ya no quedaba ninguno de los viejos. Habían caído en pos del deber o los habían retirado. Todo aquel que alguna vez había rozado siquiera la oficina de los Expedientes X, había sido trasladado, jubilado o muerto en acción. Sospechoso como mínimo. Salvo ella y Skinner que aún estaban a salvo. Ella porque se exilió a sí misma. Prefirió operar niños, curar indigentes. Él, porque se acomodó a la burocracia. “Sabe que así puedo velar por usted y por Mulder”, había dicho varios años atrás. Aunque poco conformaba eso a Scully. Incluso Dogget había desaparecido y Mónica…ella ahora era dueña de un bar en un país del caribe. En cuanto a la protección, Scully sentía que para ella había funcionado de alguna forma. Para Mulder no tanto…
Dana se paró frente a la puerta del subdirector. Los años se vinieron a su memoria y la golpearon violentamente. Más allá de las diferencias que tenía con Mulder y Skinner, más allá de la distancia que había crecido entre ellos, extrañaba trabajar en el FBI. En los Expedientes X. Mientras dudaba si avanzar o volver al hospital, recordó la primera vez que traspasó aquella puerta. Recordó la primera entrevista, las risas socarronas de ellos que sabían a dónde la mandaban. Ellos creían que no duraría ni un mes con él. “Menudo error”, pensó. Fueron los años más productivos, bizarros e irrepetibles de su vida.
Tomó coraje y golpeó. Podría haber dejado todo en manos del forense local. Podría solo haber leído el reporte, reconocer el cuerpo o quien sabe qué. Podría irse ya.
―Dana…dudé en llamarte. No estaba seguro de si…
―Hiciste bien. ¿Qué sabemos del incidente?
Ella se sentó y cruzó sus piernas. Como antes. Como cuando la citaban para un caso de avistamiento o de asesinato. Uno de esos que no encajaban en el perfil de normalidad de la policía local o incluso del FBI.
―El cuerpo apareció en una pequeña ciudad de Argentina. Allí los avistamientos son numerosos…
―¿Es él?
Scully estaba al borde del llanto. Su corazón se había acelerado, sus manos estaban temblorosas. Ya no tenía veinte. Ya no aguantaba las pausas misteriosas o las introducciones forzadamente largas. Ya no. Era una prominente cirujana que luchaba día a día contra la muerte, pero que no se bancaba las medias frases.
―Dana…
―¡Necesito la verdad! Me debe la verdad…después de tantos años, de haberme escondido para que usted siga con su culo calentito en esta silla…
―Dana
―¡De una vez! ¿Es él o no?
Skinner se paró, rodeó el escritorio y se sentó junto a ella. En muchos casos esa simple acción ablandaba al oponente. En este caso, él se sentó donde Mulder se sentaba cada vez que iba a dar explicaciones. A pelear por los viajes no autorizados, por el dinero mal gastado, por los expedientes poco claros. Pero ahora, el que se sentaba a dar explicaciones era él. “¿Podrá ella con esto?”, se preguntó. No estaba seguro. Dana era fuerte. Pero en lo que a Mulder se refería, ella poseía una fragilidad particular. Una sensibilidad peligrosa. Era vulnerable por él.
―No lo sabemos. Por eso te llamé.
―¿Sabemos? ¿Quién más está involucrado en esto? ¿El fumador? Seguro que está regodeándose con esto…
―No tengo la libertad de decir quién más está involucrado…
―¿No tiene la libertad? ¿Desde cuando las libertades son una cuestión en esta oficina? ¿A quién responde Skinner? ¿A quién?
―Dana…no puedo…Solo cumplo en decir que hay un vuelo esta noche al pueblo donde encontraron el cuerpo. Un agente la estará esperando ahí y usted será la encargada de realizar la autopsia. Lo siento. Es todo lo que puedo informarle.
Scully salió de la oficina y cerró la puerta con violencia. Arrebatada por la ira y la frustración entró al ascensor. Una vez que la puerta se cerró, en la soledad del cubículo metalizado, ella lloró desesperada. “Estoy acá, Scully. Tenés que encontrarme”, sintió y se sobresaltó. Miró el celular pero estaba apagado. Buscó en el ascensor, en los rincones, las cámaras. “Me estoy volviendo loca”, pensó y salió de inmediato, solo para darse cuenta de que estaba en la antigua oficina. La de los expedientes X. Miles de recuerdos se agolparon en aquella oficina vacía ahora, pero donde, en cada sitio, ella pudo visualizar lo que había antes: el archivo, el escritorio, el poster. Pudo ver a Mulder con las piernas en el escritorio, aburrido, lanzando lápices al techo. Se le escapó una sonrisa y una lágrima. “No dejes de buscarme Dana”, escuchó nuevamente y su pecho se contrajo.
De inmediato se fue a preparar un bolso para alcanzar el vuelo.
 
 
***************
 
―Bienvenida a la Argentina
Una sonrisa conocida provocó que Scully se relajara de inmediato.
―Mónica…creía que eras dueña de un bar. Me alegra verte.
Ambas se fusionaron en un abrazo. De inmediato salieron del aeropuerto y entraron a un auto oscuro que las esperaba. Aún quedaba un trecho importante hasta llegar a la ciudad de 25 de Mayo y una vez ahí, una hora más al sitio en donde se hallaba el cadáver.
―Mónica…necesito que seas sincera conmigo… ¿es él? ―Scully sintió que la voz se le quebraba de pronto. Miró por la ventanilla para disimular, aunque Mónica adivinó lo que escondía su compañera.
―No puedo asegurarlo. Por eso llamé y le pedía a Skinner que vinieras. Este es el expediente. Están las fotos. Si no podés…
Scully agarró la carpeta con mano temblorosa. “No soy yo, Dana. Ese no soy yo. No te dejes engañar”. Scully se sobresaltó y la agente Reyes lo notó.
―¿Estás bien? Te noto alterada.
―Necesito saber que no es él, Mónica. No puede ser… ―de inmediato interrumpió su frase al ver una de las fotos del expediente. Era Mulder. No cabían dudas. Las ropas, la contextura, el tatuaje en su pierna derecha. Todo coincidía. Pensó en lo que escuchaba ¿dónde quedaba eso? ¿Era su corazón agobiado que inventaba fantasmas? Como Mulder, ella quería creer. Pero era una delgada línea que separaba la ilusión de los deseos. Los fantasmas de los delirios y alucinaciones.
―Lo encontraron en un campo. Tirado. El capataz que estaba cosechando alertó a las autoridades. ―agregó Mónica y el silencio las acompañó durante las siguientes 4 horas. 
 
 
                                ***************
 
 La morgue del pueblo era pequeña. Tanto los azulejos envejecidos como el mobiliario, no mellaron el alma de Scully que se sentía aturdida por las circunstancias. Había estado en lugares peores, en el pasado, con Mulder. Este era un lugar más. Aunque los acontecimientos era extraordinarios.
Se colocó las gafas de acrílico y se acercó a la camilla metálica. Allí, un cuerpo cubierto con una sábana celeste esperaba por su arte, el de practicar una autopsia que dilucidara lo acontecido. Y sobre todo, la identidad de ese ser humano muerto que se parecía tanto a Mulder.
Tomó el bisturí, descubrió el cuerpo y un temblor la invadió de pronto. Sus ojos se llenaron nuevamente de lágrimas al ver el rostro desfigurado de quien parecía cada vez más el cadáver de su compañero. Ahogó el llanto y apoyó el escalpelo en la piel blanca del cadáver. “No creas todo lo que ves, Dana. He vuelto de la muerte. Siempre volví a tu lado. A pesar de la distancia, de la vida, de las circunstancias. A pesar de tu distancia”. Sin dudar hizo la incisión en Y. 
 
 
                              *************
 
 
―Mulder, te extraño. Duele tanto tu ausencia que veo fantasmas en cada rincón del planeta. No podés dejarme sola.
―Estoy acá, Dana.
―¿Dónde es acá? Dónde. Te escucho, pero no puedo encontrarte. El cadáver es tuyo, sos vos. Es tu cuerpo, no cabe dudas.
―No soy yo. Hacele caso a tu instinto. Sos científica…
―Soy científica. Y la ciencia dice…
―Confiá en tu instinto, en tu ciencia. 
 
 
                            ****************
 
 
―Dana, despertá. Estos son los resultados.
―Necesito el expediente médico de Mulder. Necesito chequear algo.
Mónica se comunicó con el FBI y consiguió lo que su compañera necesitaba. La veía más animada, quizás había descubierto algo y eso era un aliciente.
Unas cuantas horas después, Mónica le entregó una carpeta con los registros médicos y Scully leyó todo. Sin embargo, se decepcionó de su esperanza y lloró porque todo había sido en vano. “Es él”, se dijo y rompió en llanto. “Es Mulder. Murió lejos y solo”.
Mónica abrazó a su compañera que no paraba de llorar. “Confiá en la ciencia”, sintió Scully y de inmediato apartó a Mónica. Abrió nuevamente el expediente de Mulder. Comparó radiografías, tomografías hasta que finalmente llegó al laboratorio.
―Es como en aquel caso del niño que regresó 20 años después…
―No entiendo ¿me perdí de algo?
―¡De todo, Mónica! Este cadáver aquí no es Mulder. No sé dónde estará Fox, pero esto de aquí no es él.
Mónica temió que su compañera de hubiera vuelto loca. Intentó frenarla, convencerla de que ese cuerpo era Mulder.
―Mónica… ¡es un clon! Sus laboratorios son iguales a estos que están aquí. Todos sus estudios son una copia exacta. La ciencia no falla. Nadie, ningún ser humano puede tener dos laboratorios idénticos en su vida. Es antinatural. Es un clon de ese Mulder, de esa época.
Mónica observó el cadáver con desconcierto y no supo qué decir ante tan fantástica hipótesis.
―No sé qué está pasando aquí, pero larguémonos ya de este sitio ―dijo Dana de inmediato. ―Algo peor se avecina, lo puedo sentir en mis huesos.
Ambas agentes volvieron al FBI, esperanzadas. Era claro que la conspiración jamás se había detenido y que estaba más viva que nunca. Era obvio que querían anular a Scully a través de sus sentimientos por Mulder. Ahora que estaban las cartas sobre la mesa, era necesario reabrir los expedientes X y ella debía volver a convertirse en una agente por él, una vez más.
Quia spiritus a Danai: Un espíritu para Dana

Autor: Soledad Fernandez (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

domingo, 23 de julio de 2017

El ataúd milagroso





La portezuela de la verja estaba abierta, se dirigió hacia la escalera, y el otro le siguió. Le pareció que por las habitaciones andaba gente.

«¡¿Qué diablos pasa?!», pensó.

Se dio prisa en entrar… y entonces se le doblaron las rodillas. La sala estaba llena de difuntos. La luna a través de la ventana iluminaba sus rostros amarillentos y azulados, las bocas hundidas, los ojos turbios y entreabiertos y las afiladas narices… horrorizado, 
Adrián reconoció en ellos a las personas enterradas gracias a sus servicios, y al brigadier enterrado durante aquel aguacero.
¿Qué es esto, Adrián?— dijo Marcos
Intenté decirte....pero no escuchaste...
Marcos tomó por los hombros a Adrián y lo sacudió enérgicamente.
Adrián. ¿Qué mierda es esto?

************
Hola Adrián. ¿Me llamaste?
—Marcos. Ya estoy con vos.

Adrián despachó rápidamente al último cliente del día y se miró en el viejo espejo del baño. Todo era viejo, como él. Ya no tenía edad para trabajar a deshoras. Marcos tal vez sí, pero él ya no. Tenía ese cansancio que se acumula con los años, ese que no hay siesta que lo haga desaparecer.

Eran ya las siete de la tarde y el frío se hacía notar con toda su crueldad.
Caminemos, Marcos
—¿A la intemperie?

Marcos miró a Adrián sin creer lo que escuchaba. Podrían charlar ahí, al calor de la salamandra. Incluso podrían tomar algo de café. Afuera hacía un grado con suerte. Esa noche nevaría, sus rodillas lo decían. Aunque la luna estaba alta, el aire estaba helado, las aves silenciosas y el pueblo dentro de sus casas. ¿Por qué caminar entonces?

—Sí, afuera. Salgamos

Adrián estaba nervioso. Se le notaba en las manos huesudas, en sus hombros caídos por los años. Las llaves temblaron en sus manos al cerrar el negocio y nada tenía que ver el frío con eso. Respiró el aire helado y se encaminó a la calle. Un vapor salía de su boca y de la de Marcos que caminó a su lado, con las manos en los bolsillos pensando en fogatas y todo aquello que podía generarle calor mental.

—Hoy pasó algo... que marcó un límite que no puedo cruzar. Te llamé porque quiero que me escuches y...

Adrián hizo una pausa demasiado prolongada para la ansiedad de Marcos y para el frío reinante.
— ¿Y qué, Adrián?
—Para que me digas si me estoy volviendo loco o no.

Marcos detuvo la marcha. Miró a su amigo. Cincuenta años trabajando juntos. Toda una vida. Pensó que quizás ya estaba senil o que todo era una excusa para retirarse. Adrián había querido vender el negocio de los ataúdes varios años atrás sin resultado. Ya nadie hacía ataúdes a mano. Las fábricas habían llegado para quedarse y los artesanos de la madera se dedicaban a cosas más alegres. Y sin hijos, no había quién heredara el oficio.

—¿Se trata del negocio? ¿Querés venderlo otra vez?
—Escuchame, por favor. Anoche, antes de cerrar, una mujer vino a verme. Necesitaba un cajón hecho a mano. Me dio las especificaciones. No quiso ninguno de los que estaban hechos.
—¿Tanta historia para pedirme ayuda? ¿Para cuándo lo necesitás?
—Por favor...dejame terminar.

Marcos miró a su amigo. Lo notó pálido. Asustado. Él no era así. La única vez que lo había visto temeroso fue cuando Catalina, el amor de su vida, agonizaba por la tifoidea. Y de eso habían pasado treinta años, quizás más. Por eso nunca tuvo descendientes. Porque con ella se había ido el espíritu de Adrián, la alegría de vivir. Y construir ataúdes se volvió casi una obsesión.

Para Catalina había diseñado un hermoso ataúd blanco, con arabescos en plata y oro. Una rosa de hierro en medio, con sus ramas que se extendían formando una C gótica. Incluso el detalle de las espinas era magistral. Y todo lo había construido en dos días.

El pueblo entero murmuró por la belleza de aquel cajón, pero más murmuró por la rapidez con que fue construido. Se dijeron cosas. Demasiadas. Pero Marcos nunca las creyó. Él estaba seguro de que el amor y la pena habían trabajado con Adrián para completar semejante tarea. Y de ello nunca se habló. Hasta esta noche.

Marcos instó a que Adrián hablara libremente. La ansiedad de su amigo era notoria y Marcos temía porque se descompensara.

Adrián miró las enormes rejas. La caminata los había guiado hasta el cementerio. "Siempre me trae hasta ella", pensó Adrián. Más allá, bien entrado en el cementerio se encontraba Catalina. Aún la extrañaba. Aún la amaba. Podía sentir ese amor a pesar de la distancia, a pesar de estar en dimensiones diferentes. Para él la muerte era otra dimensión y eso quería explicarle a su amigo. 
Aunque ahora, tal vez, lejos de la casa de los ataúdes y bajo esa enorme luna, parecía algo tonto. Sin embargo, intentó explicar.

—Cuando Catalina enfermó...sentí que mi vida se consumía con ella. No había cura para su padecimiento y sin embargo, traté de retenerla por todos los medios. Pero no importaba lo que yo hiciera, día a día ella empeoraba. Luego de semanas de horrible agonía, me pidió que la dejara morir. Yo me desesperé.
—Lo recuerdo. Pero no entiendo que tiene que ver con caminar a la intemperie...
—Ella está allá, enterrada.
Adrián ya no escuchaba a su amigo.
—Tuve terror de lo que le pasara luego de muerta. Esa belleza única que Catalina poseía se iba a marchitar en el ataúd. Se iba a desintegrar, a pudrir ahí encerrada. No lo podía permitir. Ella debía permanecer inmaculada. Cuando me pidió que la dejara...morir, fui con quien me había enseñado el oficio. El hombre, un anciano delgado, me enseñó una nueva técnica. El "ataúd milagroso", le llamaba. Su construcción debía ser pulcra. Cuando la persona aún vivía. La madera a utilizar debía ser de un árbol talado a mano, recientemente. Luego, había que tallarlo también a mano, bajo la luz de la luna llena. La tela debía ser sagrada. El hierro y todo el metal utilizado debían venir de la vajilla y joyas de la persona. Toda la que había usado en su vida. Finalmente, dentro de él, debía haber un compartimento de cristal con dos mililitros de la sangre de la persona a enterrar mezclada con la de aquella que más amara. No fue fácil pero logré el objetivo. Sin embargo, eso no era lo complejo.

Marcos observó asombrado a su amigo. No podía emitir ni una palabra. Estaba convencido de que Adrián había enloquecido.
—Lo más duro de todo, fue enterrar a Catalina en ese ataúd. Viva.
—¡Qué! No, no estás bien Adrián. Catalina estaba muerta. Ella murió de tifoidea. Recordá, por Dios.
—No metamos a Dios en esto.
—Vamos. Estás cansado. Llevás muchas horas en el negocio. Tenés que descansar. Te llevo a tu casa. Te preparo algo caliente y luego te acostás y dormís tranquilo.
—Aún no entendés nada...Esta mujer que vino hoy...ella quiere ese cajón para su hijo. Vos no entendés. Nunca lo va a hacer...

Marcos tomó del brazo a su amigo y lo condujo hasta su casa. Adrián se dejó conducir, dócil como un niño. Después de todo, siempre supo que su amigo no le creería. Sin embargo, cuando llegaron a su casa, las cosas se pusieron más extrañas. La reja estaba abierta. 

**************

¿Qué es esto Adrián?— dijo Marcos
Intenté decirte....pero no escuchaste...


********************

Una figura lánguida vestida de blanco se acercó hasta Adrián. Rozó su cara con huesuda mano. Sonrió con esa risa mortuoria y gris, con la certeza de que la espera había valido la pena.

"Catalina no fue el único trabajo que hice, continuó Adrián. Acá ves a cada uno de ellos. De mis enterrados vivos. Ella no podía estar sola en ese limbo. Entonces, le hice una familia para que no extrañe este mundo. Aunque parece que no fue suficiente. Ella necesitaba más. Hijos, tal vez. Siempre me pregunté cuándo sería el momento justo para que volviera y junto a ellos, me reclamara. Hoy lo supe. Volvió en el momento preciso en que dije “no”. Cuando me rehusé a enterrar a un niño vivo. A darle un descendiente. Pero la muerte clama por alguien. Ese soy yo. Y vos Marcos, continuarás mi trabajo".

Adrian sucumbió a las caricias de Catalina ante los ojos de su amigo. La respiración se transformó en errática y la piel de Adrián se acartonó. De pronto él era igual a esos muertos vivientes. "En el estante está el libro con las especificaciones. Si no soy yo, será alguien más. Tenés familia, no seas tonto. No se irán hasta que logres tu objetivo", fue lo último que dijo.

Desesperado, Marcos buscó el libro de Adrián. Esa noche trabajó en la construcción de un ataúd para su amigo. Los ojos se le nublaban de tanto en tanto. Por momentos reía solo, pensando en que todo era una locura. Pero ahí estaba su amigo, agonizando y ella junto a él. Ambos a la espera del ataúd milagroso que lo hiciera traspasar ese umbral. Ese que le diera vida eterna junto a su preciada Catalina.

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

sábado, 1 de julio de 2017

Melancolía









La casa estaba en completo silencio. La mañana recién asomaba por la ventana, cálida, primaveral. Era época de hormonas alborotadas y de añoranzas de tiempos mejores. La única que estaba levantada, como siempre era Sarah. 

Su precaria salud y su insomnio crónico, la hacían levantarse a horas disparatadas. A esas horas en donde, con la cabeza embriagada de sueño y malestar por no poder dormir, se visualizan los sueños que no se pudieron soñar por despertar precozmente. O eso se decía ella, cada mañana. 

—¿Cómo iba a olvidarte? ―susurró Sarah. 

No se atrevía a levantar el tono. Temía despertar a su marido porque si eso pasaba, tendría que dar explicaciones. No podía darse ese lujo, no quería dar explicaciones. Eran las 6 de la mañana y sentía una agonía en su pecho, una melancolía que no iba del todo bien con la primavera floreciente. 

—No me parece tan difícil. ―contestó Richard y a ella se le produjo un vuelco en el corazón. “Cuanta ingratitud”, pensó ella. “Si supiera lo que es vivir así”. 
—Estoy en tu casa. ―contestó Sarah intentando no llorar.
—Sí, pero con otro. ―retrucó él sin importarle el dolor que le provocaba con esas palabras.
—Pero a quien quiero es a ti.
—¿Cómo dices?  ―Richard la ponía a prueba.
—A quien quiero es a ti.

Sarah no pudo más y se fue corriendo al baño a llorar. No sabía cuánto tiempo podría tolerar esa situación. “Quizás deba ir al médico para que me dé algo. Algo que me calme. Que me deje dormir”. Lo descartó enseguida. Los médicos no saben de padecimientos del corazón. Era ella quien debía tomar cartas en el asunto. Decisiones, sobre todo. Pensó en tomar la vía fácil. Miró las tijeras en el vanitori, desafiantes, afiladas. Miró su piel clara. Podía identificar cada vena, cada torrente sanguíneo que la llenaba de vida. Podría cortar inmediatamente todo. 

Pero pensó en sus hijos, en Carlos, y no pudo hacerlo.

Volvió a la cocina y notó que su esposo ya estaba levantado. Ella le dio un beso en la frente mientras ojeó a todos lados. Temía que se encontraran o que Carlos sospechase algo. Pero la calma estaba en toda la casa y Sarah suspiró con cierto alivio.

Tomó mates con su esposo, arregló a los niños para la escuela y despidió a su familia. Cerró la puerta y sintió el abrazo de Richard. Jamás un abrazo fue como el de él. Jamás se sintió de esa manera con nadie más que con Richard.

―Disculpame…fui muy cruel contigo esta mañana. No sé qué me pasa.
―No podemos seguir así ―dijo Sarah tratando de evadirlo, sin resultados y ella no pudo más que rendirse ante él. 

Sin dudarlo, sin temor a ser descubierta, Sarah se entregó al único hombre que amó en su vida. Se entregó completa, en cuerpo y alma, y Richard la hizo suya sin pensar en lo que pasaría después. Ahí mismo, en la cocina. Donde minutos atrás la familia feliz desayunaba y se preparaba para un día de trabajo y estudio, ellos se fusionaron y se hicieron el amor. Ya nada importaba. Esa era su casa. Ella era su mujer y los demás eran usurpadores. 

Las horas pasaron y Sarah se quedó sola y desnuda en la cocina. Acurrucada en el piso. Plegada en su angustiosa vida, aterrada por el engaño, atormentada por Richard. “Si tan solo pudiera olvidarlo”, pensó y cayó en un sueño profundo. “Sarah ¿Acepta por esposo a Richard, para amarlo y respetarlo hasta que la muerte los separe?”

Sarah despertó de golpe, como siempre. Su corazón acelerado y su piel sudorosa le recordaron que soñó con él como cada noche. Miró a su alrededor: las 4 y media de la mañana. Estaba en su cama. ¿Cómo había llegado ahí? No quiso pensarlo aunque supo que había sido Carlos, que ahora dormía a su lado. 

Enseguida se levantó. No tenía sentido intentar dormir, ya no. Fue a la cocina, como siempre. Pero esta vez las cosas deberían cambiar. Ya no podía sostener esa mentira, esa doble vida.
―Necesito que entiendas…ya no puedo más con esto, Richard. 

Carlos escuchó el murmullo de su esposa. Sabía que ella le hablaba a Richard. Siempre lo supo. Antes le molestaba, incluso llegó a sentirse celoso. Durante mucho tiempo se repitió: “Ella me eligió a mí. Soy el padre de sus hijos”. A veces no le alcanzaba. Luego de un tiempo, ya no le prestó atención. Y la situación se hizo parte de la “normalidad” cotidiana. A veces las cosas se calmaban durante meses. Pero ahora estaba preocupado. Encontrarla desnuda, en el piso, fue algo que lo dejó shockeado. No sólo por sus hijos, sino porque entendió que su esposa no estaba bien. Había sido difícil, siempre. La amaba y eso los había ayudado. Pero también sabía que había elegido a una mujer rota. Con un pasado. Con una oscuridad que de tanto en tanto asomaba. Y esta vez, Carlos sintió que no solo había asomado. Esta vez la oscuridad la había envuelto, la había invadido y ya nada podía hacer para rescatarla. 

Se levantó y fue en silencio hasta la cocina; escondido la observó sin que ella lo notara. Sintió que su alma se partía en dos al escucharla decir que amaba a Richard como a nadie en este mundo. Se desgarró por dentro cuando la vio rogar, llorar y justificar el por qué no podía estar más con él.  Pero el dolor se acrecentó aún más cuando la vio agarrando un cuchillo. 

De inmediato salió de su escondite y la abrazó. Entonces ella rompió en un llanto profundo, angustioso. 

―No puedo más―dijo con la voz entrecortada. ―Él no me deja, nunca lo va a hacer―se excusó. 

Entonces Carlos, le quitó la improvisada arma, y lentamente la llevó hasta la cama. Allí, la arropó y le dio sus píldoras. Acarició su cabello hasta que Sarah se durmió. La observó descansar, en silencio. Se debatió un rato pensando en qué hacer. Finalmente, luego de un rato llamó a su médico. 

―Sí, doctor. Soy Carlos el esposo de Sarah. Comenzó con sus alucinaciones otra vez…

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) - Todos los derechos reservados 2017

sábado, 17 de junio de 2017

PISO 23





Dalia entra y oprime el botón número 31. Detrás de ella llega, apurado, Martín y oprime el botón 23. Dalia observa eso y un escalofrío le recorre la espalda, pero no dice nada. Ni siquiera conoce a Martín. 

Ella se acomoda en un rincón y aguarda que el ascensor comience a subir. Mientras se eleva lentamente, crujiendo en cada piso, Dalia observa a su compañero de viaje. “Piso 23”, piensa. 

Sus mareos habituales se hacen presentes, como cada vez que toma el ascensor. Entonces fija la mirada en algún punto y hoy es la nuca de él. Fijar la vista en un punto es la única manera que tiene de no vomitar. Aunque se cuestiona que el punto de anclaje sea en esa nuca, en la de él. “El piso 23”, se repite agarrándose de una de las barandas. Él nota el movimiento y se da vuelta de inmediato. Y la observa. 

―¿Estás bien?
―Sí, si.―dice ella secamente. 

Él se queda mirándola y Dalia se siente intimidada. No puede articular palabra sin que la náusea empeore. Aunque en realidad es más el temor propio de la mujer que está con un extraño. Con un hombre, sola e indefensa.

―Me llamo Martin ―dice él.

Ella desvía la mirada de su punto, que en ese momento era el pecho de él. Mira su rostro, sus ojos. Son sinceros, o eso le parece. Entonces contesta algo, para cortar el hielo, para sentirse más segura. 

―¿Vivís acá en el edificio?
―No, vengo de visita.
―Al piso 23…

Dalia quiere asegurarse de que no se equivocó de botón. Nadie baja en ese piso. Nadie, desde hace años.

―Si, ¿por?
―Nada…por nada. Es que…
―¿Hay algún problema con eso?

Todo cambia, abruptamente, como las palabras. Dalia percibe la dureza en la voz de Martin. Una dureza que segundos antes no existía. Se da cuenta de que a él le molesta que indague por ese destino, por el piso 23. Quizás él sepa algo, toda la historia. “O tal vez sea un completo ignorante y va a ese lugar a encontrarse con su amante”, se dice ella. Imagina cómo sería una amante de Martín. Se imagina ella misma en brazos de él en el piso 23. Deshabitado y estéril. Porque después de aquel incidente, todo quedó de esa forma. Rojo, seco, estéril se pensó en el suelo escarlata y pegajoso debajo de él, de Martín. En la oscuridad desértica de ese piso. Se sonroja y él lo nota.

La luz parpadea y el ascensor se detiene en un entrepiso. Dalia vuelve a la realidad bruscamente y enseguida siente que el encierro oprime su pecho. Martin continua observándola, petrificado. La analiza completa, investiga sus rincones. Ella siente la mirada en su piel, en sus zonas húmedas. 

―¿Por qué me preguntaste del piso 23?―dice de pronto con brusquedad.
―El ascensor se detuvo, se detuvo. Nadie va al piso 23.

Una luz roja se enciende. Dalia observa que  la luz le da un nuevo aspecto a su compañero de viaje, uno que la aterroriza. Tiene las ojeras marcadas como cuencos oscuros. Sus labios afinados, crispados de violencia. Ella no entiende qué pasa. Trata de evitar mirarlo, pero sus músculos no responden. Siente que la violencia de él la toca, la aprisiona. En su cuello, en sus muslos. 

―Cómo que nadie va al piso 23 ―dice entre dientes―. Yo estoy yendo al piso 23.

Martin da un paso adelante, se acerca a Dalia que aún está mareada, a pesar de que el ascensor está detenido. Sus puños crispados, su mandíbula comprimida. Ella  retrocede un paso. Ahora nota su rostro endurecido. Le parece más grande que antes, incluso avejentado. Segundos atrás, Dalia juraría que era un muchacho, un veinteañero como ella. Pero ahora parece todo lo contrario. “Si pudiera ver el cabello que tiene”, piensa observando el gorro de lana negro que cubre la cabeza de Martín. “¿Es pelado?”,se pregunta estúpidamente ella. No puede concentrarse en nada. Ni siquiera en acercarse al teléfono de emergencia para llamar a alguien que ayude. 

De pronto la luz cambia y el ascensor arranca. Martín retrocede, los rasgos vuelven a ser amables, incluso eróticos. Todo se ablanda, pero Dalia tiembla mientras siente el crujido del ascensor pasando por otro piso. 

―¿Querés bajar conmigo?

Dalia se relaja un poco y observa el contador electrónico. Piso 17 dice. “Ya falta menos”, piensa. 

―¿Por qué querría bajar con vos?
―Es obvio que querés…puedo verlo en tu cara, en tu cuerpo. Te estás muriendo por saber…

“Muriendo”, piensa. “Qué palabra tan atinada. Quizás solo quiera asustarme. Debe saber del asesinato. Seguramente está involucrado y viene a regodearse de que no lo descubrieron”, se convence. “Se rumorea que cinco chicas fueron asesinadas en el piso 23”, recordó. “¿Y si fuera verdad y es el asesino?”, se asusta. Piensa en el cambio de aspecto. Se convence que es ella, por el mareo, por la náusea. “Al fin y al cabo, lo de antes fue por la luz. Estaría asustado, seguramente. Como yo”. Dalia quiere convencerse de que las intenciones de Martín son inocentes. Aun sabiendo que bajaría en ese piso, en el que nadie bajaba nunca. 

Él se acerca. Dalia puede sentir el perfume que usa. Por un breve momento su piel se eriza y duda si quedarse o bajar con él. Lo haría, aunque sabe que saldría perdiendo. Ese piso solo genera fatalidad. Podría ser mentira. Podría ser todo una leyenda urbana. Pero no se anima a romper con las posibilidades. 

Él espera, ella aguanta, y lo que surge se disipa. El rostro de Martín se endurece nuevamente. La luz roja reaparece. Los rasgos se avejentan y Dalia tiene pánico. 

El ascensor continúa su camino. Ya se encuentra en el 19. Rápidamente llega al 20, 21, 22. Los últimos segundos juntos se hacen interminables. Ella teme. Teme que se quede. Teme que se baje en un piso amenazante. El ascensor se detiene, la luz se vuelve clara. El ambiente se calma. La amenaza es externa y está latente. Él se da vuelta, la puerta está por abrirse. Va a salir del ascensor, de su vida, de todo lo que hizo ese momento bizarro. Entonces Dalia oprime el botón que impide abrir la puerta y toma la mano de Martín. La puerta no se abre y continúa el viaje con él.

Autor: Soledad Fernández (Misceláneas) – Todos los derechos reservados 2017

Quia spiritus a Danai

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